No sé si había pasado antes o después pero lo cierto es que
los días fueron conquistando los terrenos de mi atención y dejé de rememorar su
cuerpo y todo se diseminó en una especie de sueño, pues ya no tenía la
certeza de que aquello que sucedió fuera
real. Así me entregué de nuevo al sueño solitario, el preludio de las noches de
verano. Entonces, consecuentemente fue la primavera mi único amor; y cómo aquel
invierno tan escarbado había sido como una especie de retiro espiritual, una
metamorfosis ya que yo seguía siendo yo, pero de forma diferente. El ansiado
sol me hacía retozar de alegría, luz hasta las siete de la tarde y
progresivamente iría aquello aumentando. ¿Sería igual en mi vida? Quién sabe.
La naturaleza eclosionaba y los pájaros revoloteaban al son
de Vivaldi. Pero que venga la lluvia, no
temo al fango. Resbalarme y sentir corear de nuevo a las almas olvidadas de las
criptas, para sentarme al lado de rostros anónimos y desenvolverme tan bien
como siempre pensando interiormente hasta sentir desazón, que el mundo gira de
forma dispar para unos y otros.
Siempre tuve algo que objetar, pero no sé muy bien el qué.
Cómo explicar con exactitud el hábitat, sus coordenadas geográficas y suponer
traslación y encaje brutal. No había tiempo para eso porque mi micro universo
iba apoderándose de todo y sólo quedaba implicarse en la oleada de
imágenes. Soñaba con Klimt, con las
medias de Dánae. Con su erotismo y elegancia. Y La calle del agujero en la media. Visualicé repetidas veces a Los amantes de Magritte, tan pasado,
presente y futuro; tantos nosotros con quien vincular ese afectivo matiz de
cobijo en conductas propias de las relaciones lápida. Tan tomado en serio y
otra vez me visitaba un digno final, la Ofelia
de Millais, tan Elizabeth Siddal que era sin un Rossetti por quien morir en la
bañera. Que siempre acababa preguntándome por qué tomaba baños si no aguantaba
más de cinco minutos el vapor asfixiante y salía correteando hacia la ventana y
simplemente recordaba la amnesia ardiente bajo el agua, pues tal vez lo hacía
por éso, por todo en general.
Y esa desnudez masculina de rostro difuminado regresaba. El
caminante de las horas perdidas. El tronar del terror a abrazarse demasiado. El
poeta, vox populi. El bello hiriente. Y
acallar como un lienzo en el suelo para recibir el pincel rígido de Pollock y
sus movimientos autómatas y bruscos, caos y orden sobre el vientre goteando y las musas acarreando el resto. ¡Que no nos priven
del numen! Que no nos lancen al suelo que, no nos amen un rato, que entiendan,
que entiendan que son ellas el fulgor y las coronas de nuestra vida plebeya.
Que sepan que ante tantos claveles, son éstos los que temen enamorarse de las
bocas. Y que todos pecamos por las bocas, al fin y al cabo, todos somos
claveles caducos de infancias soñadas.
A cada Eros y fugaz Tánatos me consigues. El Leteo riega mis
sábanas y olvido un poco más hasta desconocer por completo el rostro opresor
que ya carece de nombre, identidad y dirección. El amante conquista tierras
rojas y sinuosas y se aparta para que pueda recomponerme, desembarazándome cada
vez un poco más de la afectividad de ese entorno tan real como las palabras,
tan poco palpable ante la crítica que conlleva a fortalecer mis pasos
solitarios por ciudades grises planteando nuevas puestas escenas a esperas de
toparme con la trampa del jardín. La soga que se ofrece después de cada viaje.
Pero el viaje seguía y después de pasar por el camino de
plátanos de sombra, cada vez más lejos del núcleo urbano, la gravedad se
precipitaba por las curvas del norte. Las montañas se insinuaban tímidamente y
fugaces acordes de Chopin se prestaban a los conductores. Al entreabrir un
ojo comprobaba que todo permaneciese igual, el
gato seguía lamiéndose las patas blancas. El despertar solía ser
irremediablemente progresivo debido al ruido de la calle y la luz que es
también sonora.
Allá en la bruma quedaron todos los espectros de mi pasado. Nació
un silencio que era irreprochable. Siempre estuve acostumbrada a escuchar esa
voz en off que me lapidaba desde cualquier esquina de la habitación.
Ahora debía situarme en el tiempo y escuchar voces nuevas. Y
frente a las carencias de temperatura y humanidad, en abril siempre fui capaz de soñar
primaveras, lejanas y eternas, tan lineales como un día mediterráneo, para que
de golpe Humphrey Bogart me susurrara al oído:
-Estás tan abril que me consuelas. Y hoy cumples
veintidós. Here's looking at you, kid.- y clavarse un whisky doble.
Sí que cumplía veintidós. Esta vez era cierto.
Joan Miquel Oliver - Jo Diria "Cine"