dimecres 9 de maig de 2012

De ahora en adelante

Nos quedamos allí plantados observando nuestra vida pasar como un rebaño cruzando la carretera. Fuimos demasiado ingenuos al creer que aquellos soliloquios emparedados en potencia se materializarían en nosotros mismos años después de las tragedias, como si de la mismita justicia poética se tratase, o algo así debimos creer atribuir a nuestras esperanzas. Dejamos tanto de lado para volcarnos de pleno en el cosmos de una noche de verano. Obtuvimos tan poco en esas medias lunas y gozamos bien hidratados de amaneceres absolutos. Pecamos de inverosímiles personajes de novelas que leímos, descoordinando nuestras huídas y persecuciones para tropezarnos bien en serio el uno contra el otro y rogarle a Dios que la boca albergase una mijita de veneno y acabamos a morro, a palo seco, a pelo, devastando toda erupción de vida no fuera que compitiesen con las tuyas, ignorando exóticas flores ya que nada se equiparaba a mi belleza, emulando a hispanoamericanos hasta infectarnos las amígdalas, muriendo descabelladamente al mismo son para que finalmente uno se desmarcase. Y dejase vivir al mundo en paz hasta que su absurdidad lo volvió tan inhumano como los perfectos acoplados a él, los inquilinos de calles adornadas de Cartier. Y siempre aquella danza mortífera acababa en silencio y distancia, y más tarde llegó una y otra vez algo peor.
 
Ellos los vieron y siguieron mostrándose afables para seguir decepcionando. Como siempre levantarse a por el café y una ducha refrescante para morir de claustrofobia en el transporte público y ser sepultado porque el otro volvió a no cumplir. Y joder, otra vez la misma historia, nuevas lecturas de un mismo argumento. Parece que se citan y reinterpretan unos a otros, y hablemos de metaliteratura ya que nada importa.

 Acaba de celebrarse un nuevo logro superfluo, como una nueva firma de moda. Sigue la vida con sus fechas señaladas y tanto trabajo son distracciones poco revitalizantes. Acostumbré a nunca dejarme ver del todo, a no replicar, a conformarme por miedo a quedarme allí sola contra el mundo, en una lucha inútil con tal de seguir soñando cinco minutos más. Pero a estas alturas, nada ya debe temerse porque finalmente estalló algo en mi vientre y mi boca no cesa de articular palabras. No perdona a nadie y lo vomita todo, frente a una audiencia inexistente porque me hallo en esa carretera solitaria, rodeada de verdes colinas y envuelta de un cielo como una pantalla de mandarina, que insinúa tímidamente mediante el viento una playa más silenciosa todavía. Me muero por contarle lo que he visto a mamá. El sueño fue siempre únicamente mío e independiente ante cualquier pretexto desechable de la realidad, tan dueña de sí misma como culpable. Poco a poco, me atrevo a comprender que elegí este camino mucho antes de que los demás me empujaran hacia él.
Como cuando en el patio del recreo, el tobogán era el columpio más solicitado. Se debía esperar indefinidamente, a través de una cola infinita hasta llegar a subir las empinadas escaleras. Cuando llegué por fin a la cima, me quedé prendada de la panorámica, y mi mejor amiga en ese tiempo, debió de impacientarse, ya que me empujó, y en lugar de deslizarme suavemente como algunos pasan por la vida, la gravedad me desvió hacia la izquierda y me caí de boca, partiéndome el cubito y el radio. Ésa fue la primera señal.

dimarts 1 de maig de 2012

Ah, men. They make the highs their triumphs and the lows due to women.

Nos dejamos caer
fuimos al bar de al lado
nunca hubo despedidas dignas
sólo lluvia sobre nuestra única piel.

La tentativa como un abrigo
en el frío
de la incomprensión de todos.

Quería besarte hasta asfixiarte
pero no fui la única
y así es la última vez
pero me encontré.

Me encontré en el rojo de la sangre. En la furia de aquel cuchillo que trituraba cebolla como tus dedos y las lágrimas se abalanzaban hacia el aceite hirviendo con la tentativa de volver a freír sexo en la cocina. En cada mentira de todos los demás que creían depurarme, pobres ingenuos. En las miradas celosas de aquellas falsas ánimas féminas, alcantarilladas de pestilente mediocridad. Pero sobre todo me encontré en mi tristeza y desconfianza, en los alientos cálidos que susurraban mi nombre, en la solidaridad que me inspiraban las demás traicionadas; y en el compadecerse del enemigo, por qué no decirlo. Pobre Dorotea la casta y pura, cómo sería todo si en boca de la verdad se hallase, y viceversa. La carga milenaria, pues qué fácil fue siempre tacharme de puta.

Así lidero el paseo de las damas mutiladas, quemando las vendas: Penélope también aborreció la costura.

dissabte 21 d’abril de 2012

Tic-tac: el engendro de la embriaguez



Voy cesando estos días atropellando a sus puentes y en la fugacidad del ocaso vuelvo a entreabrir un ojo, que lloriquea perezoso, para abalanzarme de nuevo. Ruedas ardientes de infinitos trayectos que se entorpecen debido a la profesionalidad de esta conciencia, docta en evadirse y elidir la insustanciabilidad.

Redescubrir en una página azarosa la tendenciosidad milenaria de cobijar a yonquis de ensueño. Venas azules e hinchadas, sangre inyectada en los ojos y todos los clichés de un purgatorio que lleva extendiéndose demasiado porque no es ni quedarse a las puertas de algún nuevo albergue de sábanas limpias, no se asoma ni una esquinita de la alfombra, no reconozco ningún rostro desde las millones y monótonas ventanas de los titánicos edificios que hambrientos aproximan sus dientes de acero anunciando el inminente final y el asfalto y el amor intravenoso, todo se paga.

Como el sentir nostalgia  por redescubrir a las falsas glorias, pues el disertar desencajó mil veces las piezas de un ser que resultaba siempre unidimensional, exponiéndose mediante una complejidad turbia que alegaba eminencias para matizar la plana frustración de conductas frívolas. Adorar y temer a dioses inventados por sí mismos, que nunca han sido más que los anónimos remeros. Cabe aceptar la austera realidad del conjunto para no reinventar alguna excusa coetánea que justifique la autodestrucción ni mude ciudades en pleno solsticio ocasional. Hay que aventurarse hacia esa aceptación.

Hacia la estética de lo accidental y el disparar certero de manos inconscientes, toda una sinfonía del caos para crear esa íntima luz que se posa en ciertas mejillas de los que son loto en contenedores. Debido a recrearse en tardes libres, música alta, horas independientes. No sé si llego a comprender del todo la alta envergadura de lo que en esos momentos acontece. Sería como que a carboncillo alguien redefiniese un poco más mi silueta difuminada, que se perdió un martes cualquiera y debido al síndrome de Stendhal no se la ve mucho por aquí. Se quedó más allá, puede que en algún Renoir insinuándose a través de algún rostro cambiante y más viviente que el trascurrir de una semana hacendosa.

Todo el pasado fue un relámpago. El cielo de hoy mendiga carmín y largos cuellos encharcados como cisnes. Una hora más y otra menos, se desarrollan en la medida en que todo debe saborearse. Como un viaje hacia el sur y la candidez humana. El verso entre nuestros labios, como un estandarte de muerte. Como un vals en el patio arbolado, donde las certezas a inmiscuirse más allá de la calle principal bordean el cementerio. Es un tiempo multitudinario de calladas y ausentes sonrisas, de roces oníricos, de un mañana que es hoy y tantos días que habrán sucumbido al jolgorio de las melodías abstractas, para ralentizarse y acelerarse al mismo instante en que uno asiente buscándose de nuevo, intentando reconocerse universalmente entre tantas creaciones que cautivan al individuo hasta el punto de desenfocar por completo el plano consciente. Los testimonios lúcidos enmudecen.


Rufus Wainwright - Cigarettes and Chocolate Milk

diumenge 15 d’abril de 2012

En boca de los justos

Siempre he sido un tanto histriónica. El dolor del mundo a punzadas me socava fulminante y lentamente para acabar el día surcando un trayecto que olvida la sonata y se dirige a las puertas de habitaciones donde suena la melodía de chasquidos y monosílabos.

La gente nunca comprendió la esencia de mi desesperación. Ellos no saben lo que es darse. Darse por completo. Encontrar un saldo negativo. Que ni tan siquiera la nada puede equipararse al tormento de la decepción. Las puertas de la sinceridad permanecerán cerradas hasta que los páramos abrigados dejen de resistírseme.

Luego me acusarán de fría y desquiciaré a ingenuos Romeos que intentaran lidiar con los muros gélidos cercando el núcleo problemático del pecho, los nudos marineros en la garganta, el insaciable apetito corporal de una soledad  bien disimulada. Y otro verano más transcurrirá para la colección de anécdotas absurdas que absorberán las tardes de cefalea e impaciencia. En busca de algo desconocido, siempre expectante y la quietud ardiendo hasta poniente.  

El raudal de las cosas buenas llegará, tiene que llegar. Porque soy volátil en posturas extremistas. Son aplacables por el ungüento para alzarse en la lucha terrible de los cuerpos. La simiente como testimonio de reconciliación entre ambos bandos del colchón alado hasta la saciedad, ya que no hay motivo alguno para permanecer en tierra firme con los molinos cobardes. Y finalmente articular un “te quiero” como el de Benedetti.

Y sin embargo me siento segura dentro del rutinario. Me ayuda a no vaticinar tempestades. Cuando hago lo que es debido me siento mejor, días de lluvia dentro de la ermita hogareña. Pero siempre el mundo me corroe demasiado. La salvación es este silencio contrapuesto a la guerra de lunes a viernes, pues ciertamente hay un terreno virgen más allá del bullicio.

La cacería de elefantes en Botsuana aviva mi furia por cambiar este mundo regido por hombres que manchan con su putrefacta moral hasta el petróleo – y qué lícitas son las nacionalizaciones que hacen temblar al neocolonialismo, por cierto –, mientras que la marca de la entrepierna es suficiente para acelerar esa creencia infantil de que todo se ciñe a la mera voluntad de sus caprichos; y al final dan ganas de volverse feminista por la tierra que todo lo parió. Quién puede asemejarse a la fertilidad de la gran madre. Todo se resume en la codicia humana de intentar asemejarnos a los dioses, querer llegar al mismo nivel de lo que nuestra razón no alcanza.

Hoy llueve. La tierra húmeda es la realidad más palpable. Más que todas las haciendas del mundo, más que todas las cuentas en Suiza. El beso indígena que la tierra recibe del cielo sirve para hacer lo debido, todos deberíamos restregarnos por el barro y todos los vientres deberían ser besados. Y al final todo se reduce al individuo y a la conciencia del yo: “yo estoy aquí ahora mismo”, “yo estoy viviendo”. Sin embargo nunca pareció que estuviésemos totalmente seguros de ello.

dimecres 11 d’abril de 2012

Creer es cruzar un río

Creer es cruzar un río
Esperanza es transitar aguas sinuosas
Crees es cruzar un río
Amar es desnudarte en la orilla
Sentir es agua
Creer es cruzar un río.

Cruzar un río es más arriesgado  que validar el estatismo mediante la negación. Sería más fácil no levantar cabeza, que si la levantaran los libertadores, que si mira Cuba,
Que si
Condicionales
Millones
Repetitivos
Eternos
Nihilistas
Enfrente
Y ellos mismos
De otro lado
Y solitarias perspectivas.

Qué puede ser más palpable y absurdo que el mundo real y su sistema furtivo. Y donde hay más humanidad es en las heridas sangrantes de sus devastaciones. Ésa es la única posibilidad del ser humano.

Esperando en la cola eterna de la vanidad, para llegar al trono de tu asedio personal, de muerte rogada, recortando las etiquetas de tus nuevas prendas, que luces noches de plástico, de drogas que nublan la única certeza de tu vida: la miseria arrolladora de tu interior. Unas convicciones enmarcadas por tendencias que te dejarán solo a la vuelta de la esquina y desearás haber despertado antes. Pero tal vez, deberíamos ser más realistas, el caso es que puede que jamás te inmutes. Seguramente sea así, está claro que la masificación llegó a los lindes de las conciencias permisivas y es el ama de los que se creen diferentes.

La inanición de tus sentidos únicamente contribuirá a dar cuerda al mecanismo desgarrador de este mundo que te destroza. Y las manos solitarias muestran más implicación que tú. Es muy arriesgado despertarse. Es más doloroso que esconderse en la tristeza e incomprensión. La revolución interior es lo que ofrece a la esperanza una ínfima posibilidad de culminar una vida con sentido.

A pesar de los jardines grises creo en la resurrección. Y en las más tiernas caricias, de un leprosario. Donde palpita más la vida es en aquello tan ajeno y cercano a uno mismo, como la muerte. Busco la carretera infinita. Y los besos con sabor a alfajor, en la comisura un poco de dulce de leche, tibio manjar en la boca desinfectante.

Caminar a través de la ignorancia, para llegar más allá. Topar con la vacuidad, la absurdidad de escalar montañas para volver a descender. Y si no es posible abdicar a una explicación, - y ese es mi caso- entonces, se debe palpar la miseria. Entregarse. Y luego sólo puede haber armonía.

dissabte 7 d’abril de 2012

En abril sueño primaveras

No sé si había pasado antes o después pero lo cierto es que los días fueron conquistando los terrenos de mi atención y dejé de rememorar su cuerpo y todo se diseminó en una especie de sueño, pues ya no tenía la certeza  de que aquello que sucedió fuera real. Así me entregué de nuevo al sueño solitario, el preludio de las noches de verano. Entonces, consecuentemente fue la primavera mi único amor; y cómo aquel invierno tan escarbado había sido como una especie de retiro espiritual, una metamorfosis ya que yo seguía siendo yo, pero de forma diferente. El ansiado sol me hacía retozar de alegría, luz hasta las siete de la tarde y progresivamente iría aquello aumentando. ¿Sería igual en mi vida? Quién sabe.

La naturaleza eclosionaba y los pájaros revoloteaban al son de Vivaldi. Pero que venga la lluvia, no temo al fango. Resbalarme y sentir corear de nuevo a las almas olvidadas de las criptas, para sentarme al lado de rostros anónimos y desenvolverme tan bien como siempre pensando interiormente hasta sentir desazón, que el mundo gira de forma dispar para unos y otros.

Siempre tuve algo que objetar, pero no sé muy bien el qué. Cómo explicar con exactitud el hábitat, sus coordenadas geográficas y suponer traslación y encaje brutal. No había tiempo para eso porque mi micro universo iba apoderándose de todo y sólo quedaba implicarse en la oleada de imágenes. Soñaba con Klimt, con las medias de Dánae. Con su erotismo y elegancia. Y La calle del agujero en la media. Visualicé repetidas veces a Los amantes de Magritte, tan pasado, presente y futuro; tantos nosotros con quien vincular ese afectivo matiz de cobijo en conductas propias de las relaciones lápida. Tan tomado en serio y otra vez me visitaba un digno final, la Ofelia de Millais, tan Elizabeth Siddal que era sin un Rossetti por quien morir en la bañera. Que siempre acababa preguntándome por qué tomaba baños si no aguantaba más de cinco minutos el vapor asfixiante y salía correteando hacia la ventana y simplemente recordaba la amnesia ardiente bajo el agua, pues tal vez lo hacía por éso, por todo en general.

Y esa desnudez masculina de rostro difuminado regresaba. El caminante de las horas perdidas. El tronar del terror a abrazarse demasiado. El poeta, vox populi. El bello hiriente. Y acallar como un lienzo en el suelo para recibir el pincel rígido de Pollock y sus movimientos autómatas y bruscos, caos y orden sobre el vientre goteando y las musas acarreando el resto. ¡Que no nos priven del numen! Que no nos lancen al suelo que, no nos amen un rato, que entiendan, que entiendan que son ellas el fulgor y las coronas de nuestra vida plebeya. Que sepan que ante tantos claveles, son éstos los que temen enamorarse de las bocas. Y que todos pecamos por las bocas, al fin y al cabo, todos somos claveles caducos de infancias soñadas.

A cada Eros y fugaz Tánatos me consigues. El Leteo riega mis sábanas y olvido un poco más hasta desconocer por completo el rostro opresor que ya carece de nombre, identidad y dirección. El amante conquista tierras rojas y sinuosas y se aparta para que pueda recomponerme, desembarazándome cada vez un poco más de la afectividad de ese entorno tan real como las palabras, tan poco palpable ante la crítica que conlleva a fortalecer mis pasos solitarios por ciudades grises planteando nuevas puestas escenas a esperas de toparme con la trampa del jardín. La soga que se ofrece después de cada viaje.

Pero el viaje seguía y después de pasar por el camino de plátanos de sombra, cada vez más lejos del núcleo urbano, la gravedad se precipitaba por las curvas del norte. Las montañas se insinuaban tímidamente y fugaces acordes de Chopin se prestaban a los conductores. Al entreabrir un ojo comprobaba que todo permaneciese igual, el gato seguía lamiéndose las patas blancas. El despertar solía ser irremediablemente progresivo debido al ruido de la calle y la luz que es también sonora.

Allá en la bruma quedaron todos los espectros de mi pasado. Nació un silencio que era irreprochable. Siempre estuve acostumbrada a escuchar esa voz en off que me lapidaba desde cualquier esquina de la habitación.

Ahora debía situarme en el tiempo y escuchar voces nuevas. Y frente a las carencias de temperatura y humanidad, en abril siempre fui capaz de soñar primaveras, lejanas y eternas, tan lineales como un día mediterráneo, para que de golpe Humphrey Bogart me susurrara al oído:

-Estás tan abril que me consuelas. Y hoy cumples veintidós. Here's looking at you, kid.- y clavarse un whisky doble.

Sí que cumplía veintidós. Esta vez era cierto.


Joan Miquel Oliver - Jo Diria "Cine"

dimecres 21 de març de 2012

Thomas, Visconti y la Belleza

Cuando siguieron aquel camino jamás se imaginaron que brotarían tantas secuencias impermeables de sus bocas. Aquel simple acto, en el que él aparentaba estar distraído, es lo que le hizo vaticinar a ella siempre tan ella, un relato de desgaste emocional y sudor metafórico y paradigmático, de algo que se hallaba en esa complicidad absoluta de sus cuerpos apaciguados como es típico antes de un contacto inminente. Conversaciones de pura formalidad que van más allá del pasado de los interlocutores, marcan el contexto para iniciarlo todo. Y se conocían infinitamente más allá de cualquier concepción de tiempo o espacio, incluso de amor. Ella admiraba su sabiduría tácita pero protectora. Sus ojos lo sabían pero él se equivocaba. Ella intentaba hacérselo saber estirada sobre sus piernas admirando la oscuridad de la noche. Y así, con breves interrupciones, caminaron poco a poco y llegaron a la morada del perseguidor de sueños.

Al entrar en la habitación nos volvimos a sentar, esta vez en una cama estrecha y decadente. Entonces supe que aquello debía iniciarse como remolino transportador. Le pedí que no dejase de mirarme fijamente a los ojos. Le pedí que me desnudase muy despacio. Que besase cada rincón inhóspito de mi blancura, las rodillas, los codos o un talón. Sus labios se mecían tan lentamente por mi vientre, con maestría absoluta, bordeando cada lunar, cada cicatriz metafísica. Olisqueando el pasado, encontrando a todos mis amantes, avergonzándolos, venciéndolos, pero yo detestaba esa lucha porque eran rastros secos pero definitorios, y posé mis manos en su cabeza, dirigí su barbilla hacia mí y fue consciente del castigo. Prometió no hacerlo más porque me traspasó con su mirada y a partir de ese momento me tuvo como nunca nadie me había tenido. Te ruego que bebas de mis pechos. No dejaba de acuchillarle con los ojos y aunque estuviese agachada yo le buscaba y él no dejaba de mirarme y desde todos los ángulos fue así.

Hojas bailando esperando recibir la primavera. Yemas resbalando sobre una piel joven de algodón. Polen a pie de página, frescura entre paréntesis. Tanta ausencia en los árboles deshojados que renacerán rama por rama pacientemente, privándonos de esta cualidad al resto de seres vivos de la corteza terrestre. Pero ahora todo se somete a las paredes y nos priva de otros espectáculos más que el de nuestra propia sangre hirviendo en contacto.

Todo eran sus pupilas dilatadas, el iris bañándome y enjuagándome de tantas frustraciones. Y si vacilaba un instante volvía embestir. Acabamos escocidos, emanando vida por los poros. Le inicié en la sincronía sexual, y él me dejó poseerle. Fue un gran experimento. Una belleza inesperada que culminó en eyaculación agridulce de torrentes muy concentrados, muy conscientes de la monotonía que esperaba después, allá detrás de la puerta se olía.

Me levanté y encendí un cigarrillo. Abrí las ventanas y se agradeció, pues el aire allí dentro estaba muy concentrado. Mientras fumaba supe que no era necesario vernos más. Habíamos llegado más allá que nunca y al mismo tiempo ese era nuestro límite, y no había ascensión posible. Me giré y lo vi medio adormilado, exhausto de tanta lucha, como un caballo de carreras. Percibí el olor agrio de su virilidad, y admiré su belleza pues se asemejaba a un dios. Su cuerpo siempre me recordó a una escultura griega, todo él era un Doríforo de Policleto. Y yo, y yo qué era. Me decía que desprendía esa belleza melancólica propia de los cuadros Waterhouse. A mí siempre me gustó Waterhouse, en especial The Lady of Shallott, sin duda yo me abandonaba como ella en mi mirada ausente – “I am half-sick of shadows,”-, pero ves que esta vez no, ves que esta vez te cautivé y quise hacerlo de verdad.

La belleza se presenta sin preaviso y uno según el día actúa siguiendo ciertos protocolos, siempre regidos por lo ambiguo, y en esta ocasión de forma extraordinaria, sin recapacitación, sin planteamiento alguno, pura ferocidad de mis uñas.

Mientras, él se vestía, recogiendo cada prenda siguiendo el rastro hasta llegar hasta la encrucijada del pasillo, al fondo la puerta de salida. Me miró sin saber muy bien qué decir, me hice una túnica con la sábana y lo acompañé. Cruzamos cuatro palabras banales y se me escapó una risa dulce que escondía temor, temor a necesitar más. Pero se marchó, se giró mientras bajaba las escaleras y reconocí en su mirada una cierta admiración como si observase algo significativo, y al mismo tiempo él detecto otra vez mi melancolía, y no porque se fuese, sino porque ya estaba otra vez yo, conmigo misma, siempre sola con mis pensamientos, siempre descifrando el código secreto de ciertas conductas. Ya se había marchado pero seguía allí, mirando fijamente las escaleras del mundo, pero me cansé y tenía frío y decidí volver a entrar, y a partir de ese momento el día transcurrió de forma dispar, de separación y unción, montañas de reflexión de las que no conseguía escapar. Prendada de la belleza, más que de él o cualquiera, prendada de un posible amor que imaginar. Que de este imaginario se podrían sacar deshechos transformados en palabras con aparente coherencia y el resultado incluso podría denominarse literatura, podría considerarse arte. Tal vez estaba aspirando a mucho, pero sabía bien que el temor que se escondía y buscaba en esa escalera quería escapar de la mediocridad, el gran enemigo de mis días, no por vanidad o presunción, por pura entrega a lo estético. Porque es imposible ignorarla y abstenerse: no se puede omitir tanta belleza.


Muerte en Venecia: Diálogo sobre arte.

Gustav Mahler – Symphony no. 5 (IV). Adagietto