dissabte, 24 de setembre de 2011

Esas tardes que

Recobrar el aliento, caminar por la catedral con las mismas incertidumbres de antaño. Nada ha cambiado, como si el tiempo siempre te hubiese mantenido aquí, en este paisaje recién otoñal que se abriga en un fino jersey color gris perla. Una lluvia de títulos desconcertantes invitan a asomarse pero esas puertas ocultan demasiadas caras nuevas. Y ahora mismo buscas la austeridad.

Y al final acabas con Cortázar en el bolsillo para variar y escuchas El perseguidor en tu cabeza y el cappuccino se hace más espumoso. Al descender por las escaleras hacia el Borne, ves que nada ha cambiado porque el tiempo no ha existido este último año. Siempre estuviste aquí, mirando el mar soñando con comprar algún piso por el Casco Antiguo.

Las impertinencias de los demás distraen tu actitud contemplativa y te preguntas en qué se basa realmente el existir, cómo se saca provecho a la vida. Cómo escapar de lo cotidiano para no oxidarse el alma. En el fondo buscas la inmortalidad de tus palabras que las barre el viento con hojas secas y te agarra del pescuezo el pasado que mancha el papel. Y descubres que tienes todo por decir y eso se reduce a tu mirada perdida. Que tus máscaras y frivolidades esconden una carencia existencial inquietante, una búsqueda indefinida, inamovible como esa catedral.

Te has ido y has vuelto y siempre has estado aquí, “qué invención el tiempo” piensas. Sigues siendo el mismo, todo tal y como es ahora te resulta tal y como hubiese tenido siempre que ser y descubres que pintando tus propias realidades sales ganando e intentas rozar de vez en cuando con la punta del pie el suelo, para comprobar que aún sigues allí.