dimecres, 12 d’octubre de 2011

Caminar desnudo por los pasillos sin que nadie se inmute

No sé si alguna vez te ha ocurrido, pero el caso es que en el momento en que se vislumbran a lo lejos los abruptos polos que rasgan el cielo ensangrentado, no hay primavera que valga. Y diciendo lo de la primavera me refiero a que el deshielo fue una elucubración mía. Quiero decir, que al final no había nada y otro chasco y bla, bla, bla.

Y claro uno intenta recomponerse otra vez y es inevitable echarle la culpa al karma, que es más pintoresco. Este es el punto al que quería llegar, uno se pregunta si es posible escapar del pasado cuando el muy cabrón te espera sentado en un banco. Y ahí llegamos al núcleo de la cuestión: ese preciso instante en que te crees que llevas escrito “VULNERABILIDAD” en la cara. Y te llegas a creer que hasta una hormiguita se mofa de ti, te escruta el alma con la mirada, porque tú vas desnudo y todo el mundo puede admirar tus heridas y mientras chorrea la sangre, la gran institución de observadores implacables te toma como un buen ejemplo de catarsis y distraen su tiempo con tu dolor.

No sé muy bien si te habrá ocurrido lo mismo, seguramente no. Discúlpame por saturarte con este amago de expresión, tal vez un indicio de eclosión, pero está claro que son demasiadas cosas y al fin y al cabo a veces tienes que mandarme a la mierda para que me calle y disfrute de este magnífico atardecer de otoño y un saxo de fondo...