dilluns, 2 de gener de 2012

Edith Aron, aprendiendo a vivir

Lanzar todas aquellas apologías al vacío puesto que aquello aparentemente inextricable, todo el paroxismo compilado en potes de cristal en la alacena, se vino pospuesto por el laconismo característico de la traición, que no hizo más que acallar aquello tal vez musitado en calles oscuras.

Se atenuó la enfermedad: no era más que un continuo sofisma. Y a qué Dios rezar ahora. En lugar de dar sepultura a un paraguas, ahí estaba su nombre inscrito en la lápida. Contraria a toda superstición, mas el hado no hacía más que anteponerse a tu conducta, barajando tu tediosa condición de maga. Cuando cansada de atribuirle valor a las casualidades, tantas Auroras aborrecías incluso deseando compadecerte. Pues su protagonismo también deflagró, y de todas siempre, casi es una perogrullada decirlo.


Ella es el espejo en el que las chicasdefacultad se admiran, un preludio al subjetivismo. Donde se confunden ella con todas, incluyendo a mis yo, y sin saber muy bien a qué se refiere uno diciendo yo, que todo conlleva a, frente al desconcierto, seguir a Pessoa en eso de  reconocerse como sinfonía, al menos. Todos los intentos fallidos por conseguir despersonalizar lo que digo, me llevan a confesar que hasta he visto a esa mujer en mi madre. Y ella es el único manto que cubre mi desolación, la cordura tangible y única que presenta mi realidad.
Y en la terraza de un bar al sol llegamos a mil conclusiones, algunas de ellas rozando el pansexualismo. Dilatamos la conversación hasta despedirnos del mundo y ya está, cerramos el búnker.

Porque el amor exige una moralidad que abruma a muchos teóricos. Un escozor en el pecho, una dialéctica muda de los espíritus que conduce a la grandilocuencia de muchos y sin embargo otros lo traicionan porque demasiado dolor albergan en sus articulaciones. 
Y mientras tanto acontece a mis alrededores, tantas olas rompen en mi pensamiento, respirar súbitamente renaciendo, al menos teniendo la certeza de ser merecedor de tal sacrificio.