dijous, 15 de març de 2012

Las horas de verdad son solitarias

Hay que aparentar y hay que engañar.
Voy fugazmente mitigando la acuosidad
reinvento mis tiempos misceláneos,
les otorgo un testimonio uniforme.

Hay que aparentar y hay que engañar.
Nos venderán escenas de amor,
nos acorralarán en sus fiestas de máscaras,
arruinarán nuestros sabotajes de franqueza.

En los bastidores del disgusto, la vida.
En la escena el perfecto desafío,
desazón del esperpéntico espectáculo,
lo corroboran Shakespeare y Calderón.

La insatisfacción de conciencias ajenas
tan múltiples en estos tiempos de tumultos.
Ironizando sobre los pudores, desnudo
un cuerpo terso de verdad absoluta.

Caminares de inocencia preciada,
aire fresco a tus heridas
que el mar predicando ignora
la publicidad de sus vástagos.

Y acaso hoy en día no se vive del mecenazgo
y se otorga la ejecutoria si es bien rogada,
si es bien pagado el reconocimiento:
el público quiere sangre.

Y es una vanidad repugnante,
un mecanismo imperioso,
un residuo fluyente,
se reparten los frutos plastificados,
dejan su rastro los restos que
ni los ratones se atreven a roer
ni el tiempo a detenerse a pensar
ni nosotros a reclamar la libertad.

De la verdad se haya soledad
que en las tres moradas
jamás podremos encontrar,
pues es un viaje húmedo
en busca de pasajes imposibles.

Escuchando más allá del discurso
alzaba mis ojos y veía, veía,
cándida, la nada más letal,
hay que aparentar y hay que engañar.

Al salir por la puerta todo
era como antes,
y yo
pensé
que
hay que aparentar y hay que engañar
ya que es preciso sobrevivir
para hallar paraísos de sinceridad.