dimecres, 21 de març de 2012

Thomas, Visconti y la Belleza

Cuando siguieron aquel camino jamás se imaginaron que brotarían tantas secuencias impermeables de sus bocas. Aquel simple acto, en el que él aparentaba estar distraído, es lo que le hizo vaticinar a ella siempre tan ella, un relato de desgaste emocional y sudor metafórico y paradigmático, de algo que se hallaba en esa complicidad absoluta de sus cuerpos apaciguados como es típico antes de un contacto inminente. Conversaciones por pura formalidad que van más allá del pasado de los interlocutores, marcan el contexto para iniciarlo todo. Y se conocían infinitamente más allá de cualquier concepción de tiempo o espacio, incluso de amor. Ella admiraba su sabiduría tácita pero protectora. Sus ojos lo sabían pero él se equivocaba. Ella intentaba hacérselo saber estirada sobre sus piernas admirando la oscuridad de la noche. Y así, con breves interrupciones, caminaron poco a poco y llegaron a la morada del perseguidor de sueños.

Al entrar en la habitación nos volvimos a sentar, esta vez en una cama estrecha y decadente. Entonces supe que aquello debía iniciarse como remolino transportador. Le pedí que no dejase de mirarme fijamente a los ojos. Le pedí que me desnudase muy despacio. Que besase cada rincón inhóspito de mi blancura, las rodillas, los codos o un talón. Sus labios se mecían tan lentamente por mi vientre, con maestría absoluta, bordeando cada lunar, cada cicatriz metafísica. Olisqueando el pasado, encontrando a todos mis amantes, avergonzándolos, venciéndolos, pero yo detestaba esa lucha porque eran rastros secos pero definitorios, y posé mis manos en su cabeza, dirigí su barbilla hacia mí y fue consciente del castigo. Prometió no hacerlo más porque me traspasó con su mirada y a partir de ese momento me tuvo como nunca nadie me había tenido. Te ruego que bebas de mis pechos. No dejaba de acuchillarle con los ojos y aunque estuviese agachada yo le buscaba y él no dejaba de mirarme y desde todos los ángulos fue así.

Hojas bailando esperando recibir la primavera. Yemas resbalando sobre una piel joven de algodón. Polen a pie de página, frescura entre paréntesis. Tanta ausencia en los árboles deshojados que renacerán rama por rama pacientemente, privándonos de esta cualidad al resto de seres vivos de la corteza terrestre. Pero ahora todo se somete a las paredes y nos priva de otros espectáculos más que el de nuestra propia sangre hirviendo en contacto.

Todo eran sus pupilas dilatadas, el iris bañándome y enjuagándome de tantas frustraciones. Y si vacilaba un instante volvía embestir. Acabamos escocidos, emanando vida por los poros. Le inicié en la sincronía sexual, y él me dejó poseerle. Fue un gran experimento. Una belleza inesperada que culminó en eyaculación agridulce de torrentes muy concentrados, muy conscientes de la monotonía que esperaba después, allá detrás de la puerta se olía.

Me levanté y encendí un cigarrillo. Abrí las ventanas y se agradeció, pues el aire allí dentro estaba muy concentrado. Mientras fumaba supe que no era necesario vernos más. Habíamos llegado más allá que nunca y al mismo tiempo ése era nuestro límite, y no había ascensión posible. Me giré y lo vi medio adormilado, exhausto de tanta lucha, como un caballo de carreras. Percibí el olor agrio de su virilidad, y admiré su belleza pues se asemejaba a un dios. Su cuerpo siempre me recordó a una escultura griega, todo él era un Doríforo de Policleto. Y yo, y yo qué era. Me decía que desprendía esa belleza melancólica propia de los cuadros Waterhouse. A mí siempre me gustó Waterhouse, en especial The Lady of Shallott, sin duda yo me abandonaba como ella en mi mirada ausente – I am half-sick of shadows,”-, pero ves que esta vez no, ves que esta vez te cautivé y quise hacerlo de verdad.

La belleza se presenta sin preaviso y uno según el día actúa siguiendo ciertos protocolos, siempre regidos por lo ambiguo, y en esta ocasión de forma extraordinaria, sin recapacitación, sin planteamiento alguno, pura ferocidad de mis uñas.


Mientras, él se vestía, recogiendo cada prenda siguiendo el rastro hasta llegar hasta la encrucijada del pasillo, al fondo la puerta de salida. Me miró sin saber muy bien qué decir, me hice una túnica con la sábana y lo acompañé. Cruzamos cuatro palabras banales y se me escapó una risa dulce que escondía temor, temor a necesitar más. Pero se marchó, se giró mientras bajaba las escaleras y reconocí en su mirada una cierta admiración como si observase algo significativo, y al mismo tiempo él detecto otra vez mi melancolía, y no porque se fuese, sino porque ya estaba otra vez yo, conmigo misma, siempre sola con mis pensamientos, siempre descifrando el código secreto de ciertas conductas. Ya se había marchado pero seguía allí, mirando fijamente las escaleras del mundo, pero me cansé y tenía frío y decidí volver a entrar, y a partir de ese momento el día transcurrió de forma dispar, de separación y unción, montañas de reflexión de las que no conseguía escapar. Prendada de la belleza, más que de él o cualquiera, prendada de un posible amor que imaginar. Que de este imaginario se podrían sacar deshechos transformados en palabras con aparente coherencia y el resultado incluso podría denominarse literatura, podría considerarse arte. Tal vez estaba aspirando a mucho, pero sabía bien que el temor que se escondía y buscaba en esa escalera quería escapar de la mediocridad, el gran enemigo de mis días, no por vanidad o presunción, por pura entrega a lo estético. Porque es imposible ignorarla y abstenerse: no se puede omitir tanta belleza.

Muerte en Venecia: Diálogo sobre arte.

Gustav Mahler – Symphony no. 5 (IV). Adagietto