diumenge, 15 d’abril de 2012

En boca de los justos

Siempre he sido un tanto histriónica. El dolor del mundo a punzadas me socava fulminante y lentamente para acabar el día surcando un trayecto que olvida la sonata y se dirige a las puertas de habitaciones donde suena la melodía de chasquidos y monosílabos.

La gente nunca comprendió la esencia de mi desesperación. Ellos no saben lo que es darse. Darse por completo. Encontrar un saldo negativo. Que ni tan siquiera la nada puede equipararse al tormento de la decepción. Las puertas de la sinceridad permanecerán cerradas hasta que los páramos abrigados dejen de resistírseme.

Luego me acusarán de fría y desquiciaré a ingenuos Romeos que intentaran lidiar con los muros gélidos cercando el núcleo problemático del pecho, los nudos marineros en la garganta, el insaciable apetito corporal de una soledad  bien disimulada. Y otro verano más transcurrirá para la colección de anécdotas absurdas que absorberán las tardes de cefalea e impaciencia. En busca de algo desconocido, siempre expectante y la quietud ardiendo hasta poniente.  

El raudal de las cosas buenas llegará, tiene que llegar. Porque soy volátil en posturas extremistas. Son aplacables por el ungüento para alzarse en la lucha terrible de los cuerpos. La simiente como testimonio de reconciliación entre ambos bandos del colchón alado hasta la saciedad, ya que no hay motivo alguno para permanecer en tierra firme con los molinos cobardes. Y finalmente articular un “te quiero” como el de Benedetti.

Y sin embargo me siento segura dentro del rutinario. Me ayuda a no vaticinar tempestades. Cuando hago lo que es debido me siento mejor, días de lluvia dentro de la ermita hogareña. Pero siempre el mundo me corroe demasiado. La salvación es este silencio contrapuesto a la guerra de lunes a viernes, pues ciertamente hay un terreno virgen más allá del bullicio.

La cacería de elefantes en Botsuana aviva mi furia por cambiar este mundo regido por hombres que manchan con su putrefacta moral hasta el petróleo – y qué lícitas son las nacionalizaciones que hacen temblar al neocolonialismo, por cierto –, mientras que la marca de la entrepierna es suficiente para acelerar esa creencia infantil de que todo se ciñe a la mera voluntad de sus caprichos; y al final dan ganas de volverse feminista por la tierra que todo lo parió. Quién puede asemejarse a la fertilidad de la gran madre. Todo se resume en la codicia humana de intentar asemejarnos a los dioses que inventamos, querer llegar al mismo nivel de lo que nuestra razón no alcanza.

Hoy llueve. La tierra húmeda es la realidad más palpable. Más que todas las haciendas del mundo, más que todas las cuentas en Suiza. El beso indígena que la tierra recibe del cielo sirve para hacer lo debido, todos deberíamos restregarnos por el barro y todos los vientres deberían ser besados. Y al final todo se reduce al individuo y a la conciencia del yo: “yo estoy aquí ahora mismo”, “yo estoy viviendo”. Sin embargo nunca pareció que estuviésemos totalmente seguros de ello.