dissabte, 21 d’abril de 2012

Tic-tac: el engendro de la embriaguez

Voy cesando estos días atropellando a sus puentes y en la fugacidad del ocaso vuelvo a entreabrir un ojo, que lloriquea perezoso, para abalanzarme de nuevo. Ruedas ardientes de infinitos trayectos que se entorpecen debido a la profesionalidad de esta conciencia, docta en evadirse y elidir la insustanciabilidad.

Redescubrir en una página azarosa la tendenciosidad milenaria de cobijar a yonquis de ensueño. Venas azules e hinchadas, sangre inyectada en los ojos y todos los clichés de un purgatorio que lleva extendiéndose demasiado porque no es ni quedarse a las puertas de algún nuevo albergue de sábanas limpias, no se asoma ni una esquinita de la alfombra, no reconozco ningún rostro desde las millones y monótonas ventanas de los titánicos edificios que hambrientos aproximan sus dientes de acero anunciando el inminente final y el asfalto y el amor intravenoso, todo se paga.

Como el sentir nostalgia  por redescubrir a las falsas glorias, pues el disertar desencajó mil veces las piezas de un ser que resultaba siempre unidimensional, exponiéndose mediante una complejidad turbia que alegaba eminencias para matizar la plana frustración de conductas frívolas. Adorar y temer a dioses inventados por sí mismos, que nunca han sido más que los anónimos remeros. Cabe aceptar la austera realidad del conjunto para no reinventar alguna excusa coetánea que justifique la autodestrucción ni mude ciudades en pleno solsticio ocasional. Hay que aventurarse hacia esa aceptación.

Hacia la estética de lo accidental y el disparar certero de manos inconscientes, toda una sinfonía del caos para crear esa íntima luz que se posa en ciertas mejillas de los que son loto en contenedores. Debido a recrearse en tardes libres, música alta, horas independientes. No sé si llego a comprender del todo la alta envergadura de lo que en esos momentos acontece. Sería como que a carboncillo alguien redefiniese un poco más mi silueta difuminada, que se perdió un martes cualquiera y debido al síndrome de Stendhal no se la ve mucho por aquí. Se quedó más allá, puede que en algún Renoir insinuándose a través de algún rostro cambiante y más viviente que el trascurrir de una semana hacendosa.

Todo el pasado fue un relámpago. El cielo de hoy mendiga carmín y largos cuellos encharcados como cisnes. Una hora más y otra menos, se desarrollan en la medida en que todo debe saborearse. Como un viaje hacia el sur y la candidez humana. El verso entre nuestros labios, como un estandarte de muerte. Como un vals en el patio arbolado, donde las certezas a inmiscuirse más allá de la calle principal bordean el cementerio. Es un tiempo multitudinario de calladas y ausentes sonrisas, de roces oníricos, de un mañana que es hoy y tantos días que habrán sucumbido al jolgorio de las melodías abstractas, para ralentizarse y acelerarse al mismo instante en que uno asiente buscándose de nuevo, intentando reconocerse universalmente entre tantas creaciones que cautivan al individuo hasta el punto de desenfocar por completo el plano consciente. Los testimonios lúcidos enmudecen.