dilluns, 4 juny de 2012

Cadáveres de modernistas en descomposición frente a modernillos del mainstraim

En esa calle regada y el petróleo lo inundaba todo y salíamos de aquel bar subiendo esas escalerillas hacia el cielo. Y ya estábamos allí de nuevo, la oscuridad turbada por los andares bárbaros. Podrías vomitar con total precisión con tal de épater le bourgeois de arriba, con su piso de renta antigua y grandes balcones curiosos armados con sus cubos de agua y lejía y cuidado que va, poneros a cubierto. Nos sentimos como los grandes decadentes y volvemos a casa como una escena propia de Luces de Bohemia buscando tentaciones, putas en cada esquina para reforzar esa identidad nocturna; pero ya se sabe que nunca llegamos, nunca lo hicimos.

 El karma, dónde queda el karma. La propiedad de la omnipotencia de mis senos en tu cabeza, en tu pupila y en cada característica definitoria de las plastilinas que manoseabas aquella noche otra vez, que vuelve como un tintineo, que se tumba en tu cama y deja que escribas hasta la saciedad y le des la espalda, cobarde, me dices ojos de alcaraván. Él sabe que siempre vivirá con todo lo que ella calló más que con todo lo que cualquier otra pudiera decirle. Fin.

Imito tu quinésica de culebrilla, leitmotiv desde Baudelaire. Mientras, recordamos que siempre rendimos culto al centro neurálgico cultural, Mi Buenos Aires querido. Y juraría que sonaba algo de Django Reinhardt en nuestras cabezas. Seguimos congelados en ese instante ya que no quedó otra: siempre fuimos atemporales en nuestros tiempos. Sería muy previsible decir “Síndrome de la edad de oro”. Pero no neguemos que hubiéramos dado lo que fuera por haber estudiado en la Residencia de Estudiantes. De todo queda nada menos en Bankia.

Aún medio aturdidos me aventuro a decir que únicamente me gustaría que me acompañases a uno de esos baños de la facultad a primera hora de la mañana, cuando todos están en clase. O de madrugada a mi cama y te fueras antes de las diez. Ser el capricho de un momento cualquiera y sobre todo anónimo. No tener que saludarte de forma imprecisa cada vez que nos cruzáramos por los pasillos, ni forzar sonrisas mientras reorganizo la vida de Clarín.

Pero en este letargo, este entredicho espacio-temporal, en el que estamos sumidos y esperamos llegar al final de la calle, ni es el momento ni es el lugar y por ello todo puede complicarse. Puede que te acerques como un íncubo y te fijes en que estoy despeinada y se me ha corrido el rímel y me hagas abalanzarme hacia ti cuando cites a Buñuel después de que me disculpe por mi aspecto: “estás más interesante que nunca, el desaliño te va muy bien”.

Nuestros hermanos solían preguntarnos quiénes éramos y nosotros nunca supimos responder. No éramos los exiliados a México o París. Éramos los encarcelados en cunas digitalizadas, los que aborrecimos las redes sociales. Somos aquellos que nos equivocamos tanto. Somos los de historias para no dormir -Bécquer es tan culto y popular-. Que no pregunten si todo fue autobiográfico cuando nos arrancamos la piel al escribir estas líneas. Sí, nos despojamos al fin. Porque nacimos en las brechas de familias circenses hasta llegar a la evolución monomaternal. Porque despedí cenizas como la infancia y cayeron sobre mí papeles que no supe abordar. Porque entonces sí que se perdió cualquier atisbo de esperanza al creer se podría llegar a percibir toda esa desesperación y se intuyese mejor el remedio: un devoto de esa parte de ti, como de cada curva de tu cuerpo, y que cada cinco minutos se arrojase sobre tus pies y ofreciese como ofrenda la carne tibia y en boca el vino e interactuar para intercambiar sabores, bordear nuestras joyas y sudar hasta llegar a perder cualquier tipo de certeza sobre ese mundo que nuestros padres llamaban real. Porque ya no tengo nada que perder. Ésta es la realidad de la vieja calle.

Quizás lo más difícil es descongelarse. Quizás es lo más difícil que haré en toda mi vida. Puede que intente observarte desde el final para hacer de lo nuevo una nueva historia que cante cosas nuevas.Y así todo tan nuevo, tan fresco, tan recientemente parido y aunque siempre seguiré teniendo algo que decir sobre todo lo demás, no hay palabras más precisas porque no vemos cómo afrontarlo –y más pronombres, aún más-. Qué decís vosotros. La última y vamos.