dimecres, 20 de juny de 2012

El ojo de las mil espinas

Compro un pasaje y me vuelvo al encinar a recolectar pupilas sin conocer más que las aguas subterráneas que viajaron hasta aquí desde antiguas ciudades, aquellas que no hacen más que sobrealimentar malas hierbas, las que adornan mi jardín de estío. Y se columpian relámpagos en las suaves noches, como tarareando Beethoven, luego Goya y Goethe, tríptico romántico, y esos lo sueltan sin más.


Se habla del descenso, de damas en apuros. Mientras, tecnócratas alemanes en la cuna de la civilización, no pueden vencer sin embargo, la dignidad mediterránea de alzar la cabeza cuando se va al mercado.

Nuestra empresa sería irse de cañas S.A. Consta en apaciguar la rigidez de nuestros muros sin caer en el viejo error de la inconsciencia, el huir de nuestras realidades. Al fin y al cabo el genio desciende del tormento. Se necesita el caos para reinventarse. Y no debe extremarse el maniqueísmo, pues no hace más que entorpecer nuestro tránsito. Ni donna angelicata bajo el sol, ni Lilith de perfil, se trata más bien de fluir.

En la crónica de nuestros días podríamos pasar de Marcuse y Debord a Vargas Llosa y Galeano; de Mai 68 al 15-M. Son las cosas del capitalismo, el neocolonialismo del hemisferio sur. El mundo al revés y recurrir al existencialismo pues la absurdidad amenaza a la salud mental.

Me vuelvo, me vuelvo al encinar. Sobre una roca un ánima blanca, el ojo de las mil espinas. La especie más salvaje de estos terrenos lánguidos. Ha decidido quedarse frente a mí y sin receta osa plantarse. Como un símbolo de madurez amarga, el silencio ocre no termina de decidirse como el ojo, y me recuerdo otra vez, huyendo de ese análisis constante sobre todo lo que acontece. Acaecer sin más. Observar sin más. El viento sopla con más intensidad y se lo lleva y no extraño sus miradas punzantes, me quedo hasta el atardecer admirando su trayecto, su último guiño, su adiós sincero. Es el ser más noble que he conocido en toda mi vida.