dimecres, 18 de juliol de 2012

La salvación de todo poeta

Y la hoja de papel calzó en la máquina y yo me acordé de unas clases de literatura inglesa allá por la calle Charcas, en la que él nos había mostrado como el verso de Geoffrey Chaucer era exactamente la metáfora criolla de "venirse con el cuchillo abajo'el poncho"

Julio Cortázar

Yo lo resumiría con “The treason and the murder in the bed”. Y sin embargo a todo esto mi casa siempre fue un poco "The smiler with the knife under the cloak". Babilonia, que yo partí tan siempre que era hasta común y puede que divertido ese desgarrador silencio pues algunos me lo reprochaban y los cuadros de Nueva Delhi en el pasillo me desgastaban tanto la mirada que no hubo más remedio que desentenderse de camino al exilio ocasional intentando acallar conciencias ajenas. Pues hubo un verdadero tropiezo en el camino; verdadero, cruel y tan bello como exterminable. Tal vez por eso, la mística y el karma, nunca pude ignorar cuando pensaba en mí, era como una inundación.

Y ahora que hablamos de Cortázar, recuerdas en el Libro de Manuel, esa ida de olla con Fritz Lang de Andrés, que lo nombraba recurrentemente después de aquel sueño. Siempre volvía al cine de la noche y todo era eso. Todos caminábamos por Fritz Lang. Los celos, la humedad negra del pozo, el temblor de una taza de café, el jueves floral, un poco y ya es Fritz Lang once de la noche. Doce y sexo liviano, caminando por butacas desiertas y fingir cara de desconcierto ante el misterio para evadir la mirada taxonómica del cazador. Fritz Lang no deja de reinventarse. ¿No crees?

No entiendo qué mierda tiene que ver Fritz Lang en todo esto.

Pues que esa reflexión te hace desdichado, la curiosidad mató al gato, no siempre se corre la misma suerte Freder en Metrópolis. Acabó empapado pero feliz. Pero era todo corazón, se lo merecía.

Es sólo un mero ejemplo del discurrir enfermizo de tipos como El que te dije. Esta realidad es peor que cualquier distopía. Es el contraejemplo de lo que se debe hacer, amigo. Podemos escribir sobre temas universales tanto y los que más como el amor y la muerte, versificando margaritas, describiendo minuciosamente el temperamento sin aludir a ningún vasto paquete del cual seamos remitentes. No te apures, que bajo el sol de un atardecer nadie querrá preguntarse jamás por qué hay brisas que huelen a personas, a páginas de libros viejos, a momentos precisos que saben a pasado y visiones que se insinúan impúdicamente futuras. No hay destinos copulando en regiones altas de un techo agrietado con los años, ni finales que intentan descifrarse frente a un ventilador oxidado. El tiempo siempre juega a nuestro favor. Y todas las traiciones llegan a comprenderse, puede que sea lo más importante.

"The smiler with the knife under the cloak" ergo piensan en mí. Fritz Lang y Karl Marx conversando. Pero ignórame. Si te digo que he dicho exactamente lo que quería decir, que no hay forma más real de decirlo, que no se trata metáforas, antítesis, oxímoron… ¿qué sería de los exégetas?, tampoco quiero quitarle el trabajo a nadie, entiendes. Pero te aseguro que el que se ofrece no lo piensa mientras se despoja. No hay ninguna estrategia más que la de sobreponerse, todo y siempre después, después de tanto.

Hay que ver la gratuidad con la que se reverencia una fuerza mayor ante nosotros, acomodándonos en la herrumbre e ignorando la intriga. Viviríamos en esa realidad sin saber relacionarlo todo, mas él seguiría. Seguiríamos en nuestra fingida seguridad como azarosa contienda a las tres de la mañana. Seguiremos, no te angusties que seguiremos.

Te veo más tranquilo, eres un tipo tranquilo. Ahora piensas que al fin y al cabo aquello que tú denominas “metáfora” es un recurso propiamente aleatorio, como todo lo que se escapa de la debida lógica formal e impuesta tan soberanamente como las pautas de una revista de decoración; es hija predilecta de la conciencia bien sumergida. Me sonríes. Y tal vez te contesto. Pero no nos engañemos, podríamos agradecérselo al cable conector –discutir sobre quién o qué podría ser esta vez–, escapando de la verdadera sazón del concepto, sin querer ver que el único responsable de nuestra dicha es y será siempre, Fritz Lang.