dissabte, 28 de juliol de 2012

Un cuento chino llamado Amor

Érase una vez nosotros y el poder de la ciudad. Las tertulias enfrente del bar con el cigarrillo en la mano, casi besando el asfalto. El tiempo que viraba y se posaba azarosamente en tus gemelos o mis pezones. Érase una vez una historia que me contaron sobre ti. Mientras te veía enfrentarte al mundo con tu adusta mirada. Las formas en las que te manifestabas eran tan incompatibles entre sí que los estragos que causaban esas luchas sobre nosotros -y sobre todo sobre ti- nos ahogaron a miles de kilómetros de la costa, y decidimos volver, o suicidarnos, pero nunca dejarnos matar el uno por el otro, aunque en tus manos siempre gemía un dulce ardor a muerte, abrazándose con las piernas o nuestras lenguas osadas, encajando más allá de altas mareas. Con el tiempo nos empezamos a acostar con nuestro círculo de amigos más próximo, para sentirnos un poquito más cerca, como extrañarse siendo egoístas y agnósticos. Cualquiera que agarraba y siempre mal. Ella tartamudeando, por vez primera siendo racional. Pronto él se fue apaciguando, y dejó de dejar verse; ella empezó a hacerlo con palabras ciegas, pero nunca tuvo duda de que tan sólo con cruzar una esquina, moverse una nube, cambiar de estación, o ver unos ojos verdes, sería eterna como la más cruda venganza.