divendres, 24 d’agost de 2012

Todo desemboca en mar

El sexo femenino es generoso y devuelve todo lo que le es dado con un aroma diferente, un idioma extranjero de palabras inconexas, ininteligibles para cada cual que se embarca en su propia utopía personal. El de los mapas sobre la mesa, el taciturno escalador de cumbres y el coleccionista de pólenes disecados sobre tiras de papel humedecidas.

Leo a Marguerite Yourcenar. En una mano un seno, la otra acariciando el agua. La masturbación femenina es como un retiro espiritual, como un mirarse al espejo del alma. Como una expedición sobre sedas imposibles, más lubricadas que cualquier lencería corrompida. Desatino y clamor del graderío en sombras. Safo y Alfonsina Storni me bucean el alma, cantan aquella vieja canción sobre el bello indiferente. El hermoso vejatorio es el zar de los mares, no hay arma nuclear que compita con sus tempestades. Dicen que le dé las gracias, y continúe.

La labor de la masturbación femenina es reinventarse. Es algo más de ahí que de aquí. Nos damos al cosmos sumergido. Por eso no interesa demasiado ningún trazo más que el de estos ojos si la entrega es sincera. Si no, miraremos al techo, a los lados, nunca de frente; nos escondemos tras cualquier cuello sin desear más el amaine que el inicio. Un amor autónomo es síntoma de autodestrucción, un amor propio una veleta que no cesa de girar marcando nuevos destinos por conocer. 

Mientras ellos se entrenan en la palestra, me pregunto quién es digno de esa lucha, quién merecedor de creación, quién absuelto de mis dictámenes. Cuando ardo me vuelvo a la bañera cual Ofelia contemporánea. También me pregunto qué tendremos las mujeres con el agua.