dilluns, 22 d’octubre de 2012

Jules et Jim

Querido Jim,
Tu extensa carta lo transforma todo. Esta mañana me decía: “Dentro de dos días estará aquí, él y no sólo su carta”. Reunamos pronto nuestra fortaleza del pasado. Porque sola, no volverá.
Jim, ven cuando puedas, pero ven pronto. Ven. Aunque sea tarde por la noche.

Jim recibió una carta de Jules.

Su hijo se ha extinguido en el tercio de su vida prenatal. Catherine desea en lo sucesivo el silencio entre ustedes.

Así que ellos no habían creado nada, Jim pensaba. Es bello querer volver a descubrir las leyes humanas, pero qué práctico debe ser conformarse con las reglas existentes. Hemos jugado con los principios de la vida, y hemos perdido.


Jules et Jim (1962), François Truffaut.

divendres, 19 d’octubre de 2012

La lista de la compra

– Ahora sólo quiero divertirme
– Las de piel cetrina
– ¿Olvidarte?, olvidarte fue como amputarse la pierna a uno mismo
– Capítulo 93, Rayuela  –y siempre–
– Se ama cuando se puede, el resto del tiempo se vive
– Quién decide si una lectura es válida, quién rechaza o acepta los argumentos
– Añoraba la adoración que comulgaba con su cuerpo
– Inventar la paciencia que nunca tuve
– Lorca, Buñuel y Dalí conforman el tríptico universal
– Lo juro o lo intento
– Si todo converge acabas estrellándote
– Podría resumirse en que tú hablabas con tropos y yo asentía sin medias
– Militia amoris
– Que las palabras nos silencien por siempre jamás.

dissabte, 6 d’octubre de 2012

Angelo Badalamenti como punto y coma

No paro de recordar a Mahler, no como Stravinsky que cuando se pone a silbar nos anticipa el renacimiento, o si tuviéramos que plantearnos un invierno inminente lo dejaríamos en manos de Piazzolla, porque porteño todo suena mejor. Mahler simboliza la decepción prematura, el Postromanticismo menos impúber, los cuadros prerrafaelistas. Nada que ver con Liszt sobre las pesadas verdades de mi vida, confesándose, mejor hubiese sido únicamente iluminadas por una vela caduca de sobriedad, pero lo cierto es que tengo una lamparilla amarillenta e impertinente y del Romanticismo no queda mucho más que el pobre Blake ahí abandonado como consecuentemente The Doors, si es que la evidencia todavía no se nos ha fundido como la bombilla ahora mismo. Y a oscuras te digo un tercio de la verdad porque en la música hay que enfundarse lo justo y necesario, como los cuadros, las películas, y andaríamos toda la vida a la sombra de compendios que creemos que encierran a tajos el alma… y así es, te la roban, en el arte hay algo peligroso, uno queda esparcido en pasiones. Y a pesar de todo siempre acabamos recurriendo a las palabras para dedicarnos la última canción -como si hablándonos todo fuese a ir mejor, como intentando absorber por cada sílaba articulada la inmortalidad- condecorándonos con reproches al prójimo como prueba irrefutable de quién quiso más a quién cuando los vestigios de nuestro amor se comparten día a día como la leche en el café o la otra almohada que nos alza un poquito más para abarcar, egocéntricos, nuestros sueños de nosotros, siempre, somos nosotros en nuestros sueños.

Somos insaciables y besos demasiado tiernos. Que me lleven ya las voces del ocaso, siempre opino demasiado cuando se agiliza el desengaño y me enfrento a nadie más que yo, yo en el mundo, sigo siendo de formas diferentes sin llegar a concebir la felicidad de hábitos masacrados por la inercia de tus hazañas por jugar fuerte y morir joven . Sólo voy a huir de mí misma y de mis deditos melómanos sobre tu espalda.

Me duele pensar que ésta es la última vez que te escribo, que sea la última vez que lo diga porque siempre serás tú el destinatario de mis lamentos, como siempre vuelvo a Mahler y como tú te empeñas en reeducarme en todo lo que hago y me dices acertadamente Dvořák, Bach, ¿y Schubert?, sí, algo así, sin percatarte de que poseemos tantos y tantos títulos como vacíos sobre la palma de nuestras manos. No entendemos nada.

Hoy me quedo con Laurens Walking. 

dimecres, 3 d’octubre de 2012

Del tintineo al Apocalipsis

Que no me flaqueen las piernas en el camino, ni el rencor de las fortificaciones, ni la elegancia de los silencios,  ni las fotografías nos tropiecen, ni  el viento devuelva aromas censurados, ni tantos o tan pocos exijan merecida atención, ni las canciones nos desesperen, ni los sueños hablen en mañanas frías, ni el pecado se distraiga pues recuerdo bien y sin embargo también rememoro con precisión enfermiza su alto calibre de paroxismo y todo lo demás, por lo que es otra carga de sincera imposición y desencanto empañados de nosotros y el amor y eso que sabemos que nunca podremos explicar con palabras sigue tañendo, como diríais Hemingway y tú.