dimarts, 20 de novembre de 2012

Nouvelle vague, más realidades

Mudarse no conlleva a más intimidad, ni siquiera instalándose en el mismísimo Hotel de l’Europe. A Antoine siempre se le dio bien recorrer largas distancias, escapar y rebelarse contra todo aquello que le pudo causar dolor, pero nunca se topó con un muro tan compacto: la indiferencia de Colette. L’amour à vingt ans, tan apasionado como caprichoso, repleto de miradas impasibles y fulminantes insinuaciones, sesiones discontinuas de café que es como el sexo y el sexo es como el café, mientras se conversa distraídamente sobre vinilos para sentirse compensado y acompasado. Las puertas dictan su sentencia y se cierran tras detalles insignificantes que disipan la historia, los que nos despedazan de forma tan lenta y atroz que ni nos atrevemos a pestañear. Entonces mejor prestar atención a la retransmisión del concierto de Schwarzkopf, o a las escenas de aquel laberinto que nunca fuisteis a visitar, hasta que todo pase y el mundo deje temblar, hasta que inesperadamente, algún día, se vuelvan a derrumbar nuestras fortificaciones.