divendres, 20 de desembre de 2013

No se olvida a Aurora Luque

GEL

Preparo la toalla. Me descalzo. Esa esponja
porosa y amarilla que compré en un mercado 
obsceno de turistas en la isla de Hydra 
qué dócil bajo el agua cotidiana 
tantos meses después, en el exilio. 
De pronto el gel recuerda -su claridad lechosa,
su consistencia exacta- el esperma del mito, 
el cuerpo primitivo y trastornado de Urano, 
un susurro de olas mar adentro 
y una diosa que aparta 
los restos de otra espuma de sus hombros. 
Me punza una emoción tan anacrónica, 
un penoso latir, hondo y absurdo, 
por ese mar. Por ese sólo mar. Busco una dosis 
de mares sucedáneos. 
Cómo podría desintoxicarme. 
Dependo de por vida 
de una droga. De Grecia. 

Aurora Luque. Carpe noctem (1994).

dimecres, 4 de desembre de 2013

Mujer de verso en pecho o Gloria Fuertes

Nota biográfica

Gloria Fuertes nació en Madrid

a los dos días de edad,
pues fue muy laborioso el parto de mi madre
que si se descuida muere por vivirme.
A los tres años ya sabía leer
y a los seis ya sabía mis labores.
Yo era buena y delgada,
alta y algo enferma.
A los nueve años me pilló un carro
y a los catorce me pilló la guerra;
a los quince se murió mi madre,
se fue cuando más falta me hacía.
Aprendí a regatear en las tiendas
y a ir a los pueblos por zanahorias.
Por entonces empecé con los amores,
–no digo nombres–,
gracias a eso, pude sobrellevar mi juventud de barrio.
Quise ir a la guerra, para pararla,
pero me detuvieron a mitad de camino.
Luego me salió una oficina,
donde trabajo como si fuera tonta,
–pero Dios y el botones saben que no lo soy–.
Escribo por las noches
y voy al campo mucho.
Todos los míos han muerto hace años
y estoy más sola que yo misma.
He publicado versos en todos los calendarios,
escribo en un periódico de niños,
y quiero comprarme a plazos una flor natural
como las que le dan a Pemán algunas veces.

(Antología y poemas del suburbio, 1954)

POÉTICA

¿Para qué a estas alturas
preocuparme,
–escribir en revistas, hojas muertas o libros?
¿Para qué interesarme por un nombre,
si ya tengo el tuyo y el mío?
¿Para qué indiferencias, conferencias,
antologías, mitos?
¿Para qué recitales, traducciones,
si ya está todo dicho?

He cambiado
de técnicas y estilo.

¡Y manos a la obra!

Escribir sobre tu cuerpo
con los dedos mojados en el vino.

(Poeta de guardia, 1969)

dissabte, 30 de novembre de 2013

quite romantic, actually

Corderos de Blake y praderas Wordsworth, sin eludir el sueño velado por el Logos, se atropellaban en el monólogo del poeta que atinaba a una renovada panorámica existencial: la de vivir callado, ardiendo por dentro, furiosamente sonriendo al devenir from the current path to any future we might fear and delight.

dilluns, 25 de novembre de 2013

Resistencias, adornos y escapismo temerario

Qué es un verso sino un pasaje,
repite conmigo: E-XIT.
Muy bien. Pronto es Navidad,
ahora viértete en el plato
como el sudor de una lágrima
y aguarda mi señal.
Acabará, te lo prometo.
Aguanta un poco más
a que se enluten sus abrigos
y las panzas dejen de ronronear.
Sacaremos algo bueno de todo esto,
te lo aseguro.
Te ruego que no te vayas,
aunque irse es liberar raíces.
Espera al calor y al aliento sofocado,
extiéndelo un poco más
y esa visión se tornará
más lejana que el año anterior.
Pero no desistas, que entre tanto
también roearán tu alma
no únicamente las negligencias
que cometes contra ti mismo;
hay algo más,
algo que a nadie parece importarle.

diumenge, 24 de novembre de 2013

El desamor en manos de Cernuda

TELARAÑAS CUELGAN DE LA RAZÓN

Telarañas cuelgan de la razón
En un paisaje de ceniza absorta;
Ha pasado el huracán de amor,
Ya ningún pájaro queda.

Tampoco ninguna hoja,
Todas van lejos, como gotas de agua
De un mar cuando se seca,
Cuando no hay ya lágrimas bastantes,
Porque alguien, cruel como un día de sol en primavera,
Con su sola presencia ha dividido en dos un cuerpo.

Ahora hace falta recoger los trozos de prudencia,
Aunque siempre nos falte alguno;
Recoger la vida vacía
Y caminar esperando que lentamente se llene,
Si es posible, otra vez, como antes,
De sueños desconocidos y deseos invisibles. 

Tú nada sabes de ello,
Tú estás allá, cruel como el día;
El día, esa luz que abraza estrechamente un triste muro,
Un muro, ¿no comprendes?,
Un muro frente al cual estoy solo. 

Luis Cernuda. Los placeres prohibidos (1931).

divendres, 22 de novembre de 2013

Torpe final

Qué hemos vivido,
bien sabes que no es un juego.
Bajo la manga, ¿ves?, no tengo nada.
No queda nada, ¿ves?
El mundo se desata enfurecido.
Nuestra historia fue terca,
pero nunca límpida.
Yo creí, como tú,
que nos atrincheraríamos juntos,
nos arraigaríamos bajo
nuestro cielo apocalíptico,
nos ahogaríamos en la bilis,
nos amaríamos en el cieno,
acabaríamos disecados
compartiendo extremidades
y ahuyentando a los pájaros.
Ahora sí que hay  fin
mayor que aquel que nos sepultaría
en un nicho de amor exaltado.
No es más que la inconclusión
de nuestra vida juntos,
la frustración del ideal empotrándose
contra la insultante llaneza doméstica
con la que quisiste reeducarme.
Discúlpame,
no supe apreciar el cuadrilátero.
Quién nos iba a decir
que no me quedarían cartas,
 ni argumentos,
ni motivos,
precisamente a mí
que siempre traté de dar forma
al desengaño.
Nuestra alianza allá queda
en las historias que conté,
en un recuerdo tramposo,
en una mancha de humedad;
pero la corporeidad que se impone
es un rostro de nadie,
un soplo de sombra,
testimonios vagos
de un imperio tiránico:
así fue.

Tal vez sigas y te engañes,
sabrás que no podrás olvidarlo
y tratarás de embargar tus sueños.
Yo, por mi parte, no sabré muy bien
cómo entregarte al recuerdo,
ni sabré cuál fue la gloria de su tragedia.
Aquellos dos extraños sólo resisten
en versículos que como su amor
también se interrumpen
 sin conclusión que satisfaga a su historia,
aquélla que tal vez sólo imaginé.

dissabte, 16 de novembre de 2013

La rueda de la rutina

No podemos negar la sombra
que se cierne sobre esta tierra
insólitamente traslúcida,
mas las horas de bronce marcan
el ritmo como un estertor picoteado
y el titán abandona su puesto
y el peso del mundo recae sobre un pie.
La multitud fúnebre estalla  
 expectante y agónica, libre de pecado.
El viandante tullido bajo su beneplácito
a latigazos de mutismo, debe continuar.
No se rendirán homenajes, ni se loarán
honores délficos.
Se extremará la lucha y el acertijo
de cómo llegar a fin de mes se cerrará
como una concha de cotidianidad hermética.
El fin no distinguirá el peregrinaje,
mientras se descienda y nadie preste
demasiada atención a los nombres
de esos muertos antibióticos.
Una jaula, dentro una noria
y sus cangilones repletos de calaveras
sonrientes que nunca fueron,
confunden lo lúdico con perecer.
El temor de no amar no era el olvido,
era pisar como el resto,
caer como sólo yo,
seguir con la mediocre historia
de la humanidad entregada
a sus funestas festividades.

diumenge, 10 de novembre de 2013

Frenéticas cumbres de hielo

A veces vierto en sangre lo que digo,
a veces pienso “antes de morir
fregaré el suelo”.
Niñez era mirar con bosques dedos
de rosa posados en el labio inferior.
Al fibrilar hice pedazos esa fotografía.
Hoy frenéticas cumbres de hielo,
espasmódica alquimia de la emoción,
me conducen a hacer siempre lo que debo
porque si no, si no caigo en el engaño
de mi propia invitación
al caos manifiesto de la tarde,
ecos azul marino que ahogaron
en gritos toda posible erupción
de inocencia y buenas formas.
Llevadme lejos de sus techos
y  paredes que pintan su legado.
Mi taza nunca fue tan dulce
como la de mamá;
mi sed nunca halló
en la caudalosa realidad
razón para extinguirse.
Supongo que conformidad,
papá y niña bien,
nunca delinearon
ese nombre que olvidé;
por volver que vuelva,
es éste y no otros una leyenda
calumniada que me abriga. 

divendres, 8 de novembre de 2013

Casa rural

Confío en la solidez del otoño
con sus ocres puntiagudos y rugientes.
Mi traslación anacoreta
alrededor de una mesa comedor
de cubiertos oxidados,
convirtiendo lo rústico
en un púlpito del desamparo.
Y morbo y el garbo
al asomarse por la ventana
tentando desinterés
y juicios finales.
En esta habitación no se distinguen
víctimas de verdugos.

dimecres, 6 de novembre de 2013

Canturrea I

¡No respondas!
Canturrea,
canturrea conmigo:
"Ya no estoy
callado,
tralará,
ahora estoy
vacío."

Nacho Vegas

Dime tú que en densidad me exprimes,
dime cuál es mi lugar.
Si  al tratar de alargar la frase
acabaré por naufragar
en palabras vanas sin esperanza.
Que yo no sé qué fue de mí;
tal vez tú lo sepas, ven y di:
si el viento es una pena
y yo de eso crecí,
¿por qué me cuesta tanto
volver a sonreír?
Tralará, tralará,
de este amor no te escaparás,
tralará, tralará,
carne de sepultura que te sustentará.


P.D.: Aprenda a cantar con Nacho Vegas.

dimarts, 5 de novembre de 2013

Y un latir de cancionero

    MI CORZA
En Ávila, mis ojos...
SIGLO XV
Mi corza, buen amigo,
mi corza blanca.


Los lobos la mataron
al pie del agua.


Los lobos, buen amigo,
que huyeron por el río.


Los lobos la mataron dentro del agua.


Rafael Alberti. Marinero en tierra (1924).

dimecres, 30 d’octubre de 2013

Doble garantía

Poder diré sin lágrimas: embiste,
Justa fatalidad. El muro cano
Va a imponerme su ley, no su accidente.

Jorge Guillén




La eternidad se da, tal vez,
degustando en tímidos pliegues
lo que sutilmente
bajo el velo nupcial de la fatalidad
se nos brinda: el presente
con jugos de pertinencia disuelta.
Nos atamos las manos  y encima ciegos,
negándonos el fruto,
creemos perpetuarnos
tanteando el parapeto de nuestro mirar,
nuestro entender,
nuestro vivir.
Hasta la rendición es frágil en nosotros. 

divendres, 25 d’octubre de 2013

Irse en palabras

De esta Ítaca invertida
no queda mucho más.
Ni siquiera bautizar
 con rúbricas de hiel
los deshechos
de lo vagamente humano

¡Por poco el mar y la fronda nos salvan!

Este mendigo que soy
con ropajes mustios
como saber convivir,
sólo se reconoce
en los ojos de Argos.
Más allá de la algarabía
y mi sonrisa
estoy yo, y él lo sabe.
Como Lorca lo supo
desde su risa contemplada
hasta la dentadura del caballo.

Seré yo que espere la llegada
de mi partida.
Por ahora los días pacen
en campos de algodón y grima,
acolchado de escamas
que es la huída,
puñado de algas
que enredan la vida,
a veces cansada y sumisa,
complaciente esparto
amoldado al trabajo.

¡Por poco se creen que aquí termina!

En este vientre yermo
de tierra baldía
por más que no tiendan sus brazos,
por más que no llueva,
siempre ramifica
ese canto desesperado
que absurdamente me empuja
a seguir velando,
aunque siempre estuvo en mí
el irse en palabras:
la lejanía es su hogar.
Y seguía cantando.

dilluns, 21 d’octubre de 2013

El chapoteo

¿Y la verdad? La verdad es que estás nadando solo como tu condición existencial, un precario acuerdo pre y post mortem, las delimitaciones siempre en su banalidad como tú en tu juego de ir reescribiendo la historia de tu vida. Para dar fe de algo -de ahí los comparativos- qué se yo, no conozco a muchos que pararon a preguntarse, porque la pregunta ya estaba allí, en el acto, antes y después, incrustada en sus globos oculares como una araña, las uñas de una brujita, un canto quejumbroso y aterciopelado, el jazmín a media noche justo después de pasar un coche a ciento veinte.

Cruzando al otro lado, el desvío de la izquierda, náyade de aguas verdelindas, únicas en su opacidad, tremendas omnipotentes, cristalinas al anochecer desprevenido, fuego de la mañana; ciclo intermitente. Estoy desesperadamente cuerdo, por ello soy perfectamente inestable. Entonces. 

divendres, 18 d’octubre de 2013

Teoría para navegantes extraviados

Crea el alma sus riberas;
montes de ceniza y plomo,
sotillos de primavera.

Antonio Machado

Del amor tomamos lo más elemental,
la carne, el desamparo de los padres,
la carne.

Nos aferramos tercamente
a la tibieza de las bocas
en el beso.
Desatendimos a las almas;
la consonancia del presente
y la quimera de lo perdurable
 aguardaban en un futuro ajeno.
El olvido de nuestros nombres
no era más que agotarse
en el abrazo impermeable
frente al planto venidero
y la libido quebró en su vuelo
escarmentando a los peces
de esa charca
que se quiso océano.

Y cuando fueron ascetas
reclamaban sus cuerpos
el encuentro encarnizado.

El techo que cubrió de luces
el pantanoso lecho de su vileza
tendió un sinfín de razones,
mas el villano fue tierno
socavando el terreno.

Entonces el falso idólatra
se desesperaba.
Entonces se decía
que si vivir es incertidumbre,
que si amar no fue suficiente,
y efímera es la rosa,
el avance es cumbre y pozo,
la ruta serpentina
ofrece bóvedas fugaces
y señales noctámbulas.
El viaje es fluctuante,
la marea caprichosa
que sostiene la nave.


dimarts, 8 d’octubre de 2013

Inventando la emoción: Vicente Huidobro

ARTE POÉTICA

Que el verso sea como una llave
que abra mil puertas.
Una hoja cae; algo pasa volando;
cuanto miren los ojos creado sea,
y el alma del oyente quede temblando.

Inventa mundos nuevos y cuida tu palabra;
el adjetivo, cuando no da vida, mata.

Estamos en el ciclo de los nervios.
El músculo cuelga,
como recuerdo, en los museos;
mas no por eso tenemos menos fuerza:
el vigor verdadero
reside en la cabeza.

Por qué cantáis la rosa, ¡oh poetas!
hacedla florecer en el poema.

Sólo para nosotros
viven todas las cosas bajo el sol.

El poeta es un pequeño Dios.


Vicente Huidobro. El espejo de agua (1916).           

diumenge, 6 d’octubre de 2013

Canto mudo de vivir

Cualquier día en que decidas
abrir la ventana de mi habitación,
cuando sea la hora digna
en que te concedas escuchar,
oirás la melodía de un perro de vecindad.
Su canto a la muerte se confunde
con el silbato de la negra amazona
y su cieno
 y su propósito.

En un zulo y atado,
beligerante,
desoye a sus dueños encorvados.
Al contrario que ellos y nosotros,
su universo emparedado
atisba vagas lunas.

El otro día en la sala de espera,
venas ancladas y aguijones que no cesan,
hablábamos mi abuela y yo
compartiendo sueños-Tánatos.
Ella me dijo que no veía el por qué
de mi anacronismo.
Entonces comprendí
que mi arraigo a la vida
siempre fue mayor
 que la vana palabrería
de morir.
Morir: desamor, desengaño, decepción, traición.
Yo siempre combatía
sin saber por qué,
a no ser que,
claro que sabía.
Lo que brota y trepa es invisible
a radiografías o contadas palabras.

Volvía el silbido más intensamente,
y resulta que no era la muerte:
era el afilador de cuchillos.

dimecres, 2 d’octubre de 2013

Urdidura de la escalinata

1.
Si existe un amor, éste no es el que se amontona en cajas de mudanzas desprovistas de enseñanzas magistrales. Lo ilustre del desorden habita entre filos homicidas, hojarasca de invierno.  

2.
Un trecho insignificante entre el despliegue triunfal y lo mórbido de un velatorio. Somos de esas piezas errantes que se pertenecen al negar la geometría de su encaje, dando con el fatal acierto de vivir siendo uno mismo.

3.
Mujer que sollozas sin saber qué invocas en tu plegaria, si la plenitud del descenso o el eco constante del vacío; ambas cosas te remiten a lo mismo: la soledad de tus pasos, la torpeza de tu corazón vacilante, el avaricioso o el gran sacrificado. Al final la lencería se ciñe a los textos más que al sexo que te nombra.

4.
Paradoja cuyo encanto te corroe. Verso fútil, a qué juegas. Encarnizado enjambre de palabras, no soy de nadie.

5.
Resuena la huída. Quizás lo único importante sea esa torre de jirones que te extirpas al contar, ya que el punto final y la primera sentencia son de lo poco que no se puede escindir.

dissabte, 28 de setembre de 2013

Entablando distanciamientos

Vivo en un mundo en el que vivir
es reducirse a petulantes coloquios,
monólogos del páramo árido.

Voy dando tumbos o atando cabos.
Lo mío es fluctuar en silencio,
guerrear por filtrar diluvios:
tener dentro de mí  
un océano oscuro de aullidos
que incitan y se vuelcan
en miradas que atraviesan bloques de hielo
sin necesidad de descifrarse,
de plantearse con mundano desenlace
o el pragmatismo fático de no-ser.

dijous, 19 de setembre de 2013

Deserción del argumento

Nadie habla de la devastación de la nada. Cualquiera que se aplique el cuento paga. Y el que dice la verdad lo remata. No hay nada peor que la calma después de la tormenta. No hay nada peor que haber vivido el alzamiento, la sublevación de los mares por el tacto imposible. Desdibujarse el rostro por permanecer a flote. Renunciar al gesto cuneiforme. Esperar al fin y al cabo que el paraíso se vaya configurando progresivamente, de un guiño una renuncia, en comunión con el temporal. Ser y estar, lucha de titanes. Por querer, querer tanto y más, amar a pan y agua, amar en lecho de muerte, y ver que hay algo peor que el cese de su latir: peor es que siga punteando sobre un papel en blanco. 

dilluns, 9 de setembre de 2013

Poema de la decepción o irrevocable realidad

Miro al techo que hoy ha vuelto a gotear,
hacía tiempo que no llovía así.
Y cada gota golpeando contra los cacharros de metal
me hace pensar unas veces en sangre y otras veces en ti.
Lo que en realidad viene a ser lo mismo.
Lo que, por crueldad, ahora viene a dar igual.

Nacho Vegas

Lo irreductible no debe inmiscuirse en la estación monolítica
del no hay más remedio que amputar
y dejar desprovista la dialéctica yugular
de conocernos,
es en vistas de un diluvio peor,
la menor de las consecuencias.

Y al amparo de Dios quedarán aquellas prerrogativas
que redujeron la visibilidad desde un muelle vacilante
y abrumaron a tantos teóricos.
Es decir, bramarán sin obtener más respuesta
que el radical silencio:
ni un ápice de esperanza,
una trampa hermética que ni el amor disuelve en caricias.

Porque al final su propio elixir y los sinsentidos de la devoción
demandan musitar una salida;
la lozanía de su rebeldía deviene en epitafio,
en la perplejidad de saberse solo en esa lucha,
aún,
todavía,
y sin piedad.
Del amor queda su nombre, su dirección,
la falta de recursos que alentaban
por esteticismo abrupto
su inutilidad y lo absoluto
al mismo tiempo.

De todo aquello quedó convalecencia. 
La imprudencia de despojarse,
la ausencia de respuestas
o la certeza total
de que el albor de todo fuego se extingue,
de que no hay salvación posible
para los que se condenaron plácidamente
y descartaron
todo lo demás. 

diumenge, 8 de setembre de 2013

Manual de supervivencia: vivir a destajo

Y cómo se da cuenta uno de que es feliz. Fácil. Si en el propio entorno, el único que presenta una conducta temeraria es uno mismo, entonces se es feliz. Me explicaré. Imaginémonos antaño, y la multiplicidad de formas que adoptaba la vida, de una paleta siempre problemática. Entonces por una serie de circunstancias -externas o internas, tampoco hace falta ponerse quisquilloso- de pronto, el precipicio pasó a tablón tambaleante y progresivamente su consistencia nos permite cruzar hasta pegando saltos. Si usted se encuentra un día saltando salvajemente, comprobando la consistencia del tablón, tentando a la grieta o la suerte, ofendido porque de repente ya no se tambalea más, es que está siendo feliz amigo. Y si se lo permite, porque al fin y al cabo todo radica en eso, podrá pasear plácidamente por un hermoso puente, e ir parándose cada cinco pasos para observar las vistas, respirar un nuevo aire.

dimarts, 3 de setembre de 2013

Como dice Bécaud

La llegada de septiembre inaugura el año lectivo junto a esa nostalgia antigua espolvoreada de haraganería, y la urgencia de caminar por una playa gris radica en el eco fundamental del despojado estío. 

diumenge, 11 d’agost de 2013

Armisticio

Habría que reconocer ciertas banalidades que superpusimos alrededor de las cuentas que nos íbamos haciendo, el parapeto de la fidelidad, entendida extrínsecamente como el asedio de nuestras libertades, intrínsecamente, como el férreo haz de luz que nos acaramelaba en la insatisfacción de sabernos hechos precisamente en ese ciclo exasperante, contradictorio y crepuscular de amarnos sin rechistar, porque lo más dulce era no oponer ningún tipo de resistencia más que para enderezar la pierna como quien iza una bandera y al costadito; convenía acatar las órdenes de una inercia tiránica, exenta de orgullo expiatorio, razón o bondad; consistía en admitir que estábamos extenuados de guerrear inútilmente con el fin de delimitar nuestro territorio, exiliar el perdón, pero ciertamente lo más sensato fue deponer las armas, renegar aún un poquito pero a bocanadas, pero muy poquito, con tal de no herirnos más cualquier renuncia era asequible, que a veces la victoria está sobrevalorada o bien se tergiversan los conceptos, que no cabe hablar más de lo necesario, importa poco mientras. ¿Sale a cuenta perder tanto en virtud de la conciliación?, ¿o la justificación del pecado nos alienta a pregonar indebidamente sobre la esperanza? Sí, más bien me importa un carajo. 

dimecres, 7 d’agost de 2013

Renegar

Escribo tu cuerpo, sin dudas lo escribo, con miedo lo palpo y tamborilea un compás que reconozco y con la calma del otoño me abandono para posarme en tu pecho. Te miro, y al mirarte es soportable esta pena, el augur que nunca calla. Te prometo este instante. No somos más que desenlace que niega su naturaleza, absurdidad de contenernos en esta postura que ensombrece tu sexo sin rozarlo siquiera. Pero el abismo de tus ojos me envenena y tartamudeo. Escarbo un poco más fingiéndome distraída. Pero ambos sabemos lo que estoy pensando. Yo sé cómo escrutas mi alma villano, y me haces daño a consciencia, y yo te dejo con tal de que me ames frustradamente. Entonces me miras como un vagabundo pidiendo pan.

-Sonríes como si no tuvieras a nadie.

Has vuelto a hacerlo. Yo soy de hormigón y acero. Me apoyo en la pared desnuda y sin pedir permiso te imaginas el verbo, te relames los labios, haces pedazos el cigarrillo ofuscado, sientes el fuego que encallece tus dedos como prueba irrefutable de tu hombría, tu hombría i-rre-duc-ti-ble. Empty bed blues, a los veintitrés uno  empieza a comprender.

diumenge, 4 d’agost de 2013

La maniatada verdad

Lo que tengo adentro,motivo de inundación, podría llevarnos a una nueva Atlántida, y lo que es peor, podríamos agradecer ese extravío, podríamos abordar el problema como el que vuelve a casa tras un decenio disecando margaritas. 

dimecres, 31 de juliol de 2013

Amour de vivre

En Palma, por la noche, la vida es un reflujo lento hacia el barrio de los cafés cantantes que hay detrás del mercado; calles oscuras y silenciosas hasta el momento en que se llega ante las puertas de persiana por donde se filtran la luz y la música. Pasé una vez casi una noche entera en uno de esos cafés. Era una sala muy baja de techo, rectangular, pintada de verde, adornada con guirnaldas de co­lor de rosa. El techo de madera estaba cuajado de minúsculas bombillas rojas. En aquel espacio tan pequeño conseguían encajarse de milagro una or­questa, una barra con botellas de todos los colores y el público, amontonado, hombro con hombro. Sólo hombres. En el centro, dos metros cuadrados libres de donde surgían vasos y botellas que envia­ba el camarero a las cuatro esquinas de la habita­ción. No había aquí ni una persona consciente. Todo el mundo vociferaba. Alguien que parecía un oficial de marina me eructaba a la cara finezas re­pletas de alcohol. En mi mesa, un enano sin edad me contaba su vida. Pero yo estaba demasiado ten­so para atenderle. La orquesta tocaba sin parar me­lodías de las que sólo se captaba el ritmo porque todos los pies llevaban el compás. A veces se abría la puerta. Con gritos vociferantes, empotraban al recién llegado entre dos sillas*.

 De pronto sonaron unos platillos y una mujer entró de un salto brusco en el exiguo redondel del centro del cabaret. «Veintiún años», me dijo el ofi­cial. Me quedé estupefacto. Un rostro de muchacha, pero esculpido en una montaña de carne. Aquella mujer podía medir un metro ochenta. Era gigantes­ca y debía de pesar alrededor de trescientas libras. En jarras, vestida con una malla amarilla en cuyos orificios se abultaba un damero de carne blanca, sonreía; y ambas comisuras de la boca enviaban ha­cia la oreja unas cuantas ondulaciones menudas de carne. En la sala, el enardecimiento no tenía ya lí­mites. Se notaba que a aquella muchacha la cono­cían, la querían, la esperaban. Seguía sonriendo. Pa­seó la vista por el público y sin dejar ni el silencio ni la sonrisa, onduló el vientre proyectándolo hacia delante. La sala vociferó y exigió luego una canción que parecía conocida. Era una copla andaluza, gan­gosa, cuyo ritmo marcaba sordamente la batería cada tres compases. La mujer cantaba y, en cada re­tumbar, representaba con todo el cuerpo la mímica de los gestos del amor. Con aquel vaivén monóto­no y apasionado, le nacían de las caderas auténticas oleadas de carne que iban a morirle en los hom­bros. La sala estaba como anonadada. Pero, al llegar al estribillo, la muchacha, girando sobre sí misma, cogiéndose los pechos con las manos y abriendo una boca roja y húmeda, repitió la melodía a coro con la sala hasta que todo el mundo estuvo de pie entre una algarabía.

Ella, plantada en el centro, pegajosa de sudor, des­greñada, erguía su estatura sólida, henchida dentro de la malla amarilla. Como una diosa inmunda que saliera del agua, de frente obtusa y estrecha, con la mirada hueca, sólo daba señales de vida por un leve respingo de la rodilla como los de los caballos des­pués de una carrera. En medio de la algazara brinca­dora que la rodeaba, era como la imagen innoble y exaltadora de la vida, con aquella desesperación en los ojos vacíos y aquel sudor denso en el vientre...

Sin los cafés y los periódicos, resultaría difícil via­jar. Una hoja de papel impresa en nuestra lengua, un lugar en donde, por las noches, intentamos codear­nos con otros hombres, nos permiten, mediante ademanes familiares, representar con la mímica al hombre que éramos en nuestra tierra y que, visto a distancia, nos parece tan ajeno. Pues lo que le da precio al viaje es el miedo. Destruye en nuestro fue­ro interno algo así como un decorado interior. Ya no podemos hacer trampa, ocultarnos tras horas de ofi­cina y de tajo (esas horas de las que tanto protestamos y que con tanto tino nos defienden del sufrimiento de estar solos). Y, por ello, siempre siento el deseo de es­cribir novelas en que mis protagonistas digan: «¿Qué sería de mí sin las horas que paso en la oficina?», o también: «Mi mujer se ha muerto, pero afortunada­mente hay un montón de envíos que debo tener listos para mañana». El viaje nos priva de ese refugio. Lejos de los nuestros, de nuestra lengua, arrebatados de cuanto nos sirve de apoyo, despojados de nuestras máscaras (no sabemos cuánto cuesta el tranvía y con todo lo demás pasa lo mismo), nos hallamos por completo en la superficie de nuestras personas. Pero también, al notarnos el alma enferma, devolvemos a todos los seres, a todos los objetos, su valor milagro­so. Una mujer que baila sin fijarse en lo que hace; una botella en una mesa, divisada tras un visillo; toda imagen se convierte en un símbolo. Nos da la impresión de que la vida se refleja entera en ella, en la medida de que, en ese momento, en ella se resume nuestra vida. Sensibles a todos los dones, ¿cómo re­ferir las contradictorias embriagueces que podemos gustar (incluyendo la de lucidez)? Y es posible que nunca comarca alguna, a no ser el Mediterráneo, me haya conducido a un tiempo tan lejos y tan cerca de mí mismo.

De aquí procedía, sin duda, mi emoción en el café de Palma. Pero al mediodía, por el contrario, en el barrio desierto de la catedral, entre los pala­cios viejos de patios frescos, por las calles que hue­len a sombra, lo que me llamaba la atención era la idea de cierta «lentitud». En los miradores, mujeres ancianas estáticas. Y, caminando a lo largo de las ca­sas, deteniéndome en los patios llenos de plantas y de pilares redondos y grises, me disolvía en aquel olor de silencio, me quedaba sin mis perfiles, no era ya sino el sonido de mis pasos, o esa bandada de aves, cuya sombra divisaba en la parte de arriba de las paredes en donde aún daba el sol. Pasaba también largas horas en el exiguo claustro gótico de San Francisco. La delicada y exquisita columna­ta relucía con ese hermoso amarillo dorado que tie­nen en España los monumentos viejos. En el cen­tro, adelfas, turbintos, un pozo de hierro forjado del que colgaba un largo cucharón de metal oxida­do donde bebían los transeúntes. A veces recuerdo aún el ruido límpido que hacía al chocar contra la piedra del pozo. Y,  no obstante, lo que me enseñaba aquel claustro no era la dulzura de vivir. En los gol­peteos secos de las alas de sus bandadas de palomas, en el silencio súbitamente acurrucado en el medio del jardín, en el chirrido aislado de la cadena de su pozo, recobraba yo un sabor nuevo y, sin embargo, familiar. Me sentía lúcido y sonriente ante ese juego único de las apariencias. Me parecía que un ade­mán habría rajado aquel cristal en el que sonreía el rostro del mundo. Algo se desbarataría, el vuelo de las palomas moriría y todas ellas caerían despacio sobre sus alas desplegadas. Sólo mi silencio y mi inmovilidad tornaban plausible aquello que tanto se parecía a una ilusión. Yo entraba en el juego. Sin dejarme engañar, me prestaba a las apariencias. Un hermoso sol dorado templaba despacio las piedras amarillas del claustro. Una mujer sacaba agua del pozo. Dentro de una hora, un minuto, un segundo, ahora mismo quizá, todo podía derrumbarse. Y, sin embargo, el milagro seguía. El mundo duraba, pú­dico, irónico y discreto (igual que algunas formas dulces y contenidas de la amistad de las mujeres). Seguía habiendo un equilibro, aunque teñido de toda la aprensión de su propio final.

Allí se hallaba todo mi amor por la vida: una pa­sión silenciosa por aquello que quizá se me iba a escapar, una amargura bajo una llama. Todos los días me iba de aquel claustro como arrebatado de mí mismo, contenido por un breve instante en la duración del mundo. Y sé muy bien por qué me acordaba entonces de los ojos sin mirada de los Apolos dóricos o de los personajes ardientes e in­mutables de Giotto**. Porque entonces entendía de verdad lo que podían aportarme países así. Siento admiración por el hecho de que puedan hallarse a orillas del Mediterráneo certidumbres y normas de vida, por que podamos encontrar en ese lugar satis­facción para nuestra razón de ser y justificación para un optimismo y un sentido social. Pues se da el caso de que lo que a la sazón me impresionaba no era un mundo hecho a la medida del hombre, sino que se cerraba en torno al hombre. No, si la lengua de esos países armonizaba con lo que me retumba­ba en lo más hondo no era porque respondiera a mis preguntas, sino porque las volvía inútiles. No eran acciones de gracias lo que podían subirme a los labios, sino esa Nada1 que no pudo nacer sino ante paisajes agobiados de sol. No existe amor por la vida sin desesperación por la vida.

En Ibiza iba todos los días a sentarme en los cafés que hay a lo largo del puerto. A eso de las cinco, los jóvenes de la localidad pasean, en dos hileras, arriba y abajo del muelle. Allí se hacen las bodas, y la vida toda. Es imposible no pensar que hay cierta gran­deza en el hecho de empezar así la vida, delante de todo el mundo. Me sentaba, aturdido aún del sol del día, rebosante de iglesias blancas y de paredes gredosas, de campos secos y de olivos hirsutos. Be­bía horchata dulzona. Miraba la curva de las coli­nas que tenía enfrente. Bajaban suavemente hacia el mar. El atardecer se volvía verde. En la colina más alta, la última brisa hacía girar las alas de un molino. Y, por un milagro natural, todo el mundo bajaba el tono de voz. De forma tal que no había ya sino cielo y palabras cantarinas que se alzaban ha­cia él, pero se oían como si llegasen desde muy le­jos. En aquel breve instante de crepúsculo impera­ba un algo fugaz y melancólico que no sólo notaba un hombre, sino un pueblo entero. En lo que a mí se refería, sentía ganas de amar de la misma forma que se sienten ganas de llorar. Me parecía que todas y cada una de mis horas de sueño iban a ser, a partir de entonces, horas robadas a la vida... es decir, al tiempo del deseo sin objeto. De la misma forma que en aquellas horas vibrantes del cabaret de Pal­ma y del claustro de San Francisco, estaba quieto y tenso, sin fuerzas ante aquel gigantesco impulso que quería colocarme el mundo en las manos.

Sé perfectamente que estoy equivocado y que hay que ponerse límites. Y tal es la condición para crear. Pero no hay límites para amar; y qué más puede darme apretar poco, siempre y cuando pueda abra­zarlo todo. Hay mujeres en Génova cuya sonrisa amé durante toda una mañana. No volveré a verlas y no cabe duda de que no hay nada más sencillo. Pero las palabras no podrán ahogar la llama de mi añoranza. El pocito del claustro de San Francisco: miraba pasar por él bandadas de palomas y se me olvidaba la sed. Pero siempre llegaba el momento en que la sed me volvía.

* Existe cierta forma de estar a gusto en la alegría que define la auténtica civilización. Y el pueblo español es uno de los pocos civi­lizados de Europa.
** Con la sonrisa y con la mirada empezó la decadencia de la es­cultura griega y la dispersión del arte italiano. Como si la belleza acabara donde empieza la inteligencia.

1 En español en el original [N. de la T.]


CAMUS, Albert. 1937. El revés y el derecho.

diumenge, 28 de juliol de 2013

Torpezas de la especie

La miró cauto y analítico como le era común. Se fijó en el pliegue exagerado de sus labios y le robó un silencio dispuesto a contraatacar. Sabía que esa contención derivaba del paroxismo titular de sus dotes artísticas, malograrlo con un beso absurdo era como firmar con su propio nombre. Sí, el de ella, el de ella que reclamaba el abastecimiento de un tropel de condenados a sus pies, el nombre de otras caras, el sexo de otras mujeres, la noche más a solas, el tiempo el tiempo el tiempo perdido tratando de justificar la absurdidad de ese beso ilimitado que ella le plantó y que perduraba tamizando hasta sus remilgos por no querer darle un beso ahora porque su historia estaba tan agotada como su paciencia por contenerse y entonces supo que por ello su boca se adelantaba y sus labios se apuraban y reconoció ese lugar como el que le había mantenido ausentado de la vida durante años, y acababa de darse cuenta en ese preciso momento en el que de nuevo nada nunca era seguro, sin ninguna certeza más allá de amarla y amarla hasta un final que debía ser el de la conciencia que se nublaba por el ardor de su cuerpo y esas charlas tan a cal y canto pues te quiero sin más.

dissabte, 13 de juliol de 2013

Tu est là, mon amour, et je n'ai lieu qu'en toi

Estás ahí, amor mío, y lugar sólo tengo en ti.
Elevaré hacia ti la fuente de mi ser, y te abriré mi noche de mujer,
más clara que tu noche de hombre:
y la grandeza en mí de amar te enseñará tal vez la gracia de ser amado.
¡Licencia entonces a los juegos del cuerpo! ¡Ofrenda, ofrenda, y favor de ser!
La noche te abre una mujer: su cuerpo, sus puertos, su ribera;
y su noche prístina en que yace toda memoria.
¡Amor haga de ella su guarida!


Saint-John Perse. Amers (1957).

dilluns, 8 de juliol de 2013

Sin pudor ni censura

Poca gente es capaz de arriesgarse a perderlo todo por ser fiel a lo que subyace, porque cuesta aceptar que no hay nada que perder y al fin y al cabo sólo pocos sienten la inutilidad de conformarse, pocos ni mejores ni peores, pero de los incomprendidos que mejor comprenden.

dissabte, 6 de juliol de 2013

diumenge, 30 de juny de 2013

Entrante Fuentes

Son días que lejos, cerca, empujados hacia el olvido, rotulados por el recuerdo —encuentro y rechazo, amor fugaz, libertad, rencor, fracaso, voluntad— fueron y serán algo más que los nombres que tú puedas darles: días en que tu destino te perseguirá con un olfato de lebrel, te encontrará, te cobrará, te encarnará con palabras y actos, materia compleja, opaca, adiposa tejida para siempre con la otra, la impalpable, la de tu ánimo absorbido por la materia: amor de membrillo fresco, ambición de uñas que crecen, tedio de la calvicie progresiva, melancolía del sol y el desierto, abulia de los platos sucios, distracción de los ríos tropicales, miedo de los sables y la pólvora, pérdida de las sábanas oreadas, juventud de los caballos negros, vejez de la playa abandonada, encuentro del sobre y la estampilla extranjera, repugnancia del incienso, enfermedad de la nicotina, dolor de la tierra roja, ternura del patio en la tarde, espíritu de todos los objetos, materia de todas las almas: tajo de tu memoria, que separa las dos mitades: soldadura de la vida, que vuelve a unirlas, disolverlas, perseguirlas, encontrarlas: la fruta tiene dos mitades: hoy volverán a unirse: recordarás la mitad que dejaste atrás: el destino te encontrará: bostezarás: no hay que recordar: bostezarás: las cosas y sus sentimientos se han ido deshebrando, han caído fracturadas a lo largo del camino: allá, atrás, había un jardín: si pudieras regresar a él, si pudieras encontrarlo otra vez al final: bostezarás: no has cambiado de lugar: bostezarás: estás sobre la tierra del jardín, pero las ramas pálidas niegan las frutas, el cauce polvoso niega las aguas: bostezarás: los días serán distintos, idénticos, lejanos, actuales: pronto olvidarán la necesidad, la urgencia, el asombro: bostezarás: abrirás los ojos y las verás allí, a tu lado, con esa falsa solicitud: murmurarás sus nombres: Catalina, Teresa: ellas no acabarán de disimular ese sentimiento de engaño y violación, de desaprobación irritada, que por necesidad deberá transformarse, ahora, en apariencia de preocupación, afecto, dolor: la máscara de la solicitud será el primer signo de ese tránsito que tu enfermedad, tu aspecto, la decencia, la mirada ajena, la costumbre heredada, les impondrá: bostezarás: cerrarás los ojos: bostezarás: tú, Artemio Cruz, él: creerás en tus días con los ojos cerrados:


FUENTES, Carlos. 1962. La muerte de Artemio Cruz.

dilluns, 17 de juny de 2013

del jazz y ajetreados paréntesis

Ella parecía consentir, cuando de pronto, en medio del silencio, la campana dobló a muerto.
Valle-Inclán

Díselo a Coltrane,
que se te da bien ir descalzo 
en pleno verano.
Beso de latón, muere una monja 
y Hemingway.
Hacemos más el amor si el sintagma es pagano,
beatitud y banquete.
No hay médico de su honra competente
en la tarde febril
 y este adiós húmedo,
pocos entienden
Wild is the wind

dissabte, 15 de juny de 2013

Brindo por tus errores

En esta brisa caldeada a destiempo –más bien con retraso– ya lo comprendo. Más allá de puños desquiciados, de la imprecisión subjetiva que obsequia con todo tipo de encantos, de pares singularizados, niños de papá. La evocación se desgaja, los raíles iracundos: la teoría de luces y sombras. Jarro de agua fría innecesario, pero siempre oportuno para darse cuenta que más vale ser más libre que nadie que tratar de respirar bajo un estanque, eso sería como seguirte la corriente. De todos modos ya lo sabía. Y todo lo bueno, lo llevo conmigo; y la reiteración nauseabunda lo confirma, reaviva mis pasos, renueva el amor. Como poco, es anecdótica la gratuidad con la que se brindan las verdades. 

divendres, 7 de juny de 2013

La extremada realidad

Sólo así todo es posible. Sólo así se me olvida. A cambio tediosa espera irrefrenable y aborrecida. Un surco desbordado de reverberación, bruma verbal, acento en la i. Castidad del verso empotrado en tus labios, se derrite y se evapora. Estoy acongojada, con piernas de gacela a tus pies anclada, cajonera con chinches, pestañeos-bala. A-tor-men-ta-do. Resbaladizo. Bruto y tierno. Ensombrecido. Novela estival inconclusa. Hoy de nuevo la realidad supera  la ficción. Llanto agrietado. Alguacil oxidado. Zumbido de libélula gris: hay que tomarse las cosas bien en serio. Susurro a cañonazos. Me declaro culpable de literatura. Esto es irrevocable e inaceptable. Tratad de perdonadme si tuve que imaginar una conciliación con la nada. Antagonista. Conclusión. Tal vez apología. Redención. Estoy en ello. Atención a todos: siempre tácita  me descubro puliendo su magnífica sombra que tantas veces vertebró mis huídas y encabalgamientos con esta incesante, sedienta y atropellada alma que se rinde a la escritura, por si no fuera suficiente.

dilluns, 3 de juny de 2013

Adelina sigue caminando

Me pondrá la carne verde
-zumo de lima y limón-,
tus palabras -pececillos-
nadarán alrededor.

Federico García Lorca

Adelina sigue caminando con más amor que muchos.
Cuanto más renuncia
más se expande.

  No te quiero por tenerte, no te quiero por perdonarte. Ni siquiera necesito recostarme en tu espalda cada eclipse lunar -y sobornar a loslunaresdetuespalda-. Te quiero por ti, solo ante el mundo. Te quiero riendo, incluso con otra mujer. Sobre todo con otra mujer. Te quiero con dicha, te quiero más si te quieres. Y si nada de eso es posible, espero que mi amor te dé el valor del que carezcas para volver a amar, amar de veras. Aunque ya no sea esto, aunque nunca… y qué más da, si tú sonríes y aún me quieres. Qué más da. 

dimarts, 21 de maig de 2013

de la prosa poética

En tierra de mi alma hay dos verdades consensuadas. Una es un recuerdo o cree serlo, la melancolía que me perpetra. La otra es una estampa, y en ella la sangre, la lucha, una mujer. Después lo demás se desbarata, lo demás me arrolla, nada es uniforme y culmina en lo mismo; no varía el tema sino su tratamiento. Cuando todo tiembla no hay que alarmarse. Cuando todo tiembla el corazón palpita sobre una mano nívea e indiferente, un mero pretexto de lo que siempre fue el Romanticismo. Hoy, vivir se convierte en un mero pretexto para escribir como quien abre una ventana y respira. 

dijous, 2 de maig de 2013

Desvaríos, palabra de Dios

“Puede que el cuerpo sea una cárcel, pero a veces es una cárcel maravillosa”. No sabía muy bien por qué estaba allí, pero su mirada languidecía, su rostro era carcomido por una mano fría que la conducía hacia abajo, y ella dócilmente estiraba su cuello como un cisne y el mundo le pesaba, la barbilla ingrávida fue sepultada por la mano que ahora le agarraba el pelo y lo estiraba con actitud dominante, y la conciencia  de todo propósito murió entre esas sábanas que olían a humedad de hospital. “Nada es cierto vida mía, voy a remediarte en tu estruendo, voy a consolarme en tu silencio”. A cada sentencia un bufido, la bestia adormecida se aventuraba a soñar en voz alta, o mínimamente subsistir en el letargo de ese dominador efímero, pero no hallaba la voluntad de alzarse, tal vez no quería. Madrigales y cucarachas sibilantes. Estoy de espaldas, pensó. Es la celeridad de la sangre, no alcanzo a comprender qué vine a hacer aquí. No restaba el tiempo a las manos alquímicas, que se apremiaban a formar un arco ojival con sus piernas, sentía una navaja que la perfilaba, una uña mordisqueada que desechaba lo que consideraba inútil en ella, sus ropajes, sus palabras, su consciencia. Sentía los colmillos en su cuello, agujones de retruécanos, sentencias vanas del ombligo desolado. “Sobre nosotros la humareda de los ordenadores, la pretensión tecnológica de ofrecernos la imagen pixelada, el lunar de tu vientre se me esconde, y araño tu lomo de niña perdidita, dónde está tu papá”. Ya desgajaba el timbre, temblaban los hombros, las manos se escurrían. Esto no puede ser la vida. La comodidad de ausentarse de lo que aquellos bautizaron como El Imperio. Uno de borregos, sí. Ya no replicaba ni extrañaba abrazos interrumpidos. Toda ella estaba contaminada por las babas del diablo. Estoy paseando. Los pechos puntiagudos perforaban el colchón, el abismo es dulce, el estrépito final será como un amago de esperanza, condenarse patológicamente a la esperanza. Entonces él dijo: “Soy un poeta, soy un poeta”. Sus ojos inyectados en sangre, su ir y venir encolerizado, embistiéndola. Ella callaba. Y seguía: “Soy un poeta, soy un poeta”. Allá quedaba la carpeta verde que se emblandecía progresivamente, sobre su mesa, él se refirió a sus “deberitos”, y ella lo remedaba e indiferente, ciertamente allá la dejó sobre la mesilla. Ahora extrañaba el álgebra y la merienda. Continuaba: “Soy un poeta, soy un poeta”. Ni las musas se atreverían a importunarles, las sílfides en el balcón, él ignoraba el lametazo de una náyade. Tampoco iba a ser eterna la primavera, y mientras un escalofrío recorría su cuerpo, no dejo que éste concluyese sin antes recoger sus prendas y salir de aquel lugar. El camino fue grato, el efecto reconfortante del transporte público que potencia el estado onírico le hizo recordar unos versos de Machado sobre la vanidad que subyace en la utilidad. Al llegar al piso el silencio, la nevera vacía, el trabajo sobre la mesa, pero un vacío, había olvidado la carpeta. Una terrible angustia la torturaba, hiperventilaba como de costumbre, a cada consulta el silencio se iba atropellando y rebotaba ágilmente de pared en pared. Mis escritos, mis escritos, necesito mis escritos. Se sentó frente al ordenador que dejó de responder hacía varios días, pero volvió a intentarlo, lo reinició, como su vida. No hubo manera, allí se presentaba, insolentemente inerte. Mis escritos, mis escritos. Volvió a reiniciar. Nada me hunde ya, nada me ahoga, mis escritos. Nada puede conmigo. Presionaba el botón. Mis escritos, no, no sin mis escritos. Tengo que volver, voy a volver. No sin mis escritos. Nadie me hundirá, no puedes conmigo. Mis escritos. Yo reinicio y no hay resultado. Quiero mis escritos. Sigo apretando aunque me apedreen. No sin mis escritos. Soy… soy un poeta. Soy un poeta. En la inutilidad de mi existencia soy un poeta.

dijous, 25 d’abril de 2013

A veces escribo versos inútiles como candados

Nos vamos en este día
en que las olas mendigan
algo parecido al impulso.
Que nos topemos después del invierno
en la parte trasera de un tanatorio
-hoy en día prenden
hasta el último retazo de esperanza-.
Habrá que beberse a destajo
para inmortalizarse de nuevo
en el trazo curvilíneo
esculpido por el viento
de un suspiro incauto
que celebra su desdicha
por tener sólo una vida
para volver a enamorarse.

dilluns, 8 d’abril de 2013

Último round

"Tu más profunda piel"



Pénétrez le secret doré 
Tout n’est qu’une flamme rapide 
Que fleurit la rose adorable 
Et d’oú monte un perfum exquis 

APOLLINAIRE,
Les collines



Cada memoria enamorada guarda sus magdalenas y la mía -sábelo, allí donde estés- es el perfume del tabaco rubio que me devuelve a tu espigada noche, a la ráfaga de tu más profunda piel. No el tabaco que se aspira, el humo que tapiza las gargantas, sino esa vaga equívoca fragancia que deja la pipa, en los dedos y que en algún momento, en algún gesto inadvertido, asciende con su látigo de delicia para encabritar tu recuerdo, la sombra de tu espalda contra el blanco velamen de las sábanas.

 No me mires desde la ausencia con esa gravedad un poco infantil que hacía de tu rostro una máscara de joven faraón nubio. Creo que siempre estuvo entendido que sólo nos daríamos el placer y las fiestas livianas del alcohol y las calles vacías de la medianoche. De ti tengo más que eso, pero en el recuerdo me vuelves desnuda y volcada, nuestro planeta más preciso fue esa cama donde lentas, imperiosas geografías iban naciendo de nuestros viajes, de tanto desembarco amable o resistido, de embajadas con cestos de frutas o agazapados flecheros, y cada pozo, cada río, cada colina y cada llano los hallamos en noches extenuantes, entre oscuros parlamentos de aliados o enemigos. ¡Oh viajera de ti misma, máquina de olvido! Y entonces me paso la mano por la cara con un gesto distraído y el perfume del tabaco en mis dedos te trae otra vez para arrancarme a este presente acostumbrado, te proyecta antílope en la pantalla de ese lecho donde vivimos las interminables rutas de un efímero encuentro.

 Yo aprendía contigo lenguajes paralelos: el de esa geometría de tu cuerpo que me llenaba la boca y las manos de teoremas temblorosos, el de tu hablar diferente, tu lengua insular que tantas veces me confundía. Con el perfume del tabaco vuelve ahora un recuerdo preciso que lo abarca todo en un instante que es como un vórtice, sé que dijiste " Me da pena”, y yo no comprendí porque nada creía que pudiera apenarte en esa maraña de caricias que nos volvía ovillo blanco y negro, lenta danza en que el uno pesaba sobre el otro para luego dejarse invadir por la presión liviana de unos muslos, de unos brazos, rotando blandamente y desligándose hasta otra vez ovillarse y repetir las caídas desde lo alto o lo hondo, jinete o potro, arquero o gacela, hipogrifos afrontados, delfines en mitad del salto. Entonces aprendí que la pena en tu boca era otro nombre del pudor y la vergüenza, y que no te decidías a mi nueva sed que ya tanto habías saciado, que me rechazabas suplicando con esa manera de esconder los ojos, de apoyar el mentón en la garganta para no dejarme en la boca más que el negro nido de tu pelo.

 Dijiste "Me da pena, sabes", y volcada de espaldas me miraste con ojos y senos, con labios que trazaban una flor de lentos pétalos. Tuve que doblarte los brazos, murmurar un último deseo con el correr de las manos por las más dulces colinas, sintiendo como poco a poco cedías y te echabas de lado hasta rendir el sedoso muro de tu espalda donde un menudo omóplato tenía algo de ala de ángel mancillado. Te daba pena, y de esa pena iba a nacer el perfume que ahora me devuelve a tu vergüenza antes de que otro acorde, el último, nos alzara en una misma estremecida réplica. Sé que cerré los ojos, que lamí la sal de tu piel, que descendí volcándote hasta sentir tus riñones como el estrechamiento de la jarra donde se apoyan las manos con el ritmo de la ofrenda; en algún momento llegué a perderme en el pasaje hurtado y prieto que se llegaba al goce de mis labios mientras desde tan allá, desde tu país de arriba y lejos, murmuraba tu pena una última defensa abandonada.

 Con el perfume del tabaco rubio en los dedos asciende otra vez el balbuceo, el temblor de ese oscuro encuentro, sé que una boca buscó la oculta boca estremecida, el labio único ciñéndose a su miedo, el ardiente contorno rosa y bronce que te libraba a mi más extremo viaje. Y como ocurre siempre, no sentí en ese delirio lo que ahora me trae el recuerdo desde un vago aroma de tabaco, pero esa musgosa fragancia, esa canela de sombra hizo su camino secreto a partir del olvido necesario e instantáneo, indecible juego de la carne oculta a la conciencia lo que mueve las más densas, implacables máquinas del fuego. No eras sabor ni olor, tu más escondido país se daba como imagen y contacto, y sólo hoy unos dedos casualmente manchados de tabaco me devuelven el instante en que me enderecé sobre ti para lentamente reclamar las llaves de pasaje, forzar el dulce trecho donde tu pena tejía las últimas defensas ahora que con la boca hundida en la almohada sollozabas una súplica de oscura aquiescencia, de derramado pelo. Más tarde comprendiste y no hubo pena, me cediste la ciudad de tu más profunda piel desde tanto horizonte diferente, después de fabulosas máquinas de sitio y parlamentos y batallas. En esta vaga vainilla de tabaco que hoy me mancha los dedos se despierta la noche en que tuviste tu primera, tu última pena. Cierro los ojos y aspiro en el pasado ese perfume de tu carne más secreta, quisiera no abrirlos a este ahora donde leo y fumo y todavía creo estar viviendo.


CORTÁZAR, Julio. 1969. Último round