dissabte, 9 de febrer de 2013

La antítesis ocular de converger en una fotografía

Fondo oscuro-fondo claro, siempre es oscuro el fondo que cubre las infancias, telar de aguas enfurecidas. El fondo pues, es oscuro. Dos focos de luz nos iluminan, el enfoque parece perfecto. Ambas circunferencias se rozan en su trazo casual, a duras penas, por un momento, el embrión germinado en su hermandad propone un nuevo centro de las cosas. Y ahí estamos, los dos hálitos de luz agudizan la palidez de nuestros cuerpos que contrasta con el fondo; resalta tu ojo azul, mi ojo verde, como una reiteración de los focos parejos, si vamos más allá también lo serían las pupilas y los ombligos. Nuestros pechos son el tema central de la fotografía. El mío cubierto por lencería minimalista, en tu desnudez, sin embargo, se intuye -porque el halo censura el resto, pues no iba a tener también límites- más recato que en mi boca. Esta maldita saca a colación los posavasos que nunca utilizamos, la prevención intacta… y no le queda más remedio que hacerlo con palabras. La lente es la misma y el objetivo dos  imbricaciones de un globo ocular, bimembre perro andaluz. Ahora comprendo que somos el desenfoque de una misma persona con trayectorias invertidas: tu desmotivación, mi lucha. Miller ya empieza a hablar. El mundo se completa en centímetros accidentalmente comunicados por térmicos sueños y conversaciones suspendidas. Fotografía esclerótica sobre el mandamiento No Volverás, porque entonces todo tiene demasiado sentido y las noches no se nos arremolinan e inevitablemente te sientes más idiota y más frágil al tomar consciencia de la insignificancia del papel que te empeñas en no asumir en este juego estrepitoso que es amarnos, en esta condena divina que nos aboca al periplo, a la imposibilidad de olvidarnos.