dimarts, 21 de maig de 2013

de la prosa poética

En tierra de mi alma hay dos verdades consensuadas. Una es un recuerdo o cree serlo, la melancolía que me perpetra. La otra es una estampa, y en ella la sangre, la lucha, una mujer. Después lo demás se desbarata, lo demás me arrolla, nada es uniforme y culmina en lo mismo; no varía el tema sino su tratamiento. Cuando todo tiembla no hay que alarmarse. Cuando todo tiembla el corazón palpita sobre una mano nívea e indiferente, un mero pretexto de lo que siempre fue el Romanticismo. Hoy, vivir se convierte en un mero pretexto para escribir como quien abre una ventana y respira. 

dijous, 2 de maig de 2013

Desvaríos, palabra de Dios

“Puede que el cuerpo sea una cárcel, pero a veces es una cárcel maravillosa”. No sabía muy bien por qué estaba allí, pero su mirada languidecía, su rostro era carcomido por una mano fría que la conducía hacia abajo, y ella dócilmente estiraba su cuello como un cisne y el mundo le pesaba, la barbilla ingrávida fue sepultada por la mano que ahora le agarraba el pelo y lo estiraba con actitud dominante, y la conciencia  de todo propósito murió entre esas sábanas que olían a humedad de hospital. “Nada es cierto vida mía, voy a remediarte en tu estruendo, voy a consolarme en tu silencio”. A cada sentencia un bufido, la bestia adormecida se aventuraba a soñar en voz alta, o mínimamente subsistir en el letargo de ese dominador efímero, pero no hallaba la voluntad de alzarse, tal vez no quería. Madrigales y cucarachas sibilantes. Estoy de espaldas, pensó. Es la celeridad de la sangre, no alcanzo a comprender qué vine a hacer aquí. No restaba el tiempo a las manos alquímicas, que se apremiaban a formar un arco ojival con sus piernas, sentía una navaja que la perfilaba, una uña mordisqueada que desechaba lo que consideraba inútil en ella, sus ropajes, sus palabras, su consciencia. Sentía los colmillos en su cuello, agujones de retruécanos, sentencias vanas del ombligo desolado. “Sobre nosotros la humareda de los ordenadores, la pretensión tecnológica de ofrecernos la imagen pixelada, el lunar de tu vientre se me esconde, y araño tu lomo de niña perdidita, dónde está tu papá”. Ya desgajaba el timbre, temblaban los hombros, las manos se escurrían. Esto no puede ser la vida. La comodidad de ausentarse de lo que aquellos bautizaron como El Imperio. Uno de borregos, sí. Ya no replicaba ni extrañaba abrazos interrumpidos. Toda ella estaba contaminada por las babas del diablo. Estoy paseando. Los pechos puntiagudos perforaban el colchón, el abismo es dulce, el estrépito final será como un amago de esperanza, condenarse patológicamente a la esperanza. Entonces él dijo: “Soy un poeta, soy un poeta”. Sus ojos inyectados en sangre, su ir y venir encolerizado, embistiéndola. Ella callaba. Y seguía: “Soy un poeta, soy un poeta”. Allá quedaba la carpeta verde que se emblandecía progresivamente, sobre su mesa, él se refirió a sus “deberitos”, y ella lo remedaba e indiferente, ciertamente allá la dejó sobre la mesilla. Ahora extrañaba el álgebra y la merienda. Continuaba: “Soy un poeta, soy un poeta”. Ni las musas se atreverían a importunarles, las sílfides en el balcón, él ignoraba el lametazo de una náyade. Tampoco iba a ser eterna la primavera, y mientras un escalofrío recorría su cuerpo, no dejo que éste concluyese sin antes recoger sus prendas y salir de aquel lugar. El camino fue grato, el efecto reconfortante del transporte público que potencia el estado onírico le hizo recordar unos versos de Machado sobre la vanidad que subyace en la utilidad. Al llegar al piso el silencio, la nevera vacía, el trabajo sobre la mesa, pero un vacío, había olvidado la carpeta. Una terrible angustia la torturaba, hiperventilaba como de costumbre, a cada consulta el silencio se iba atropellando y rebotaba ágilmente de pared en pared. Mis escritos, mis escritos, necesito mis escritos. Se sentó frente al ordenador que dejó de responder hacía varios días, pero volvió a intentarlo, lo reinició, como su vida. No hubo manera, allí se presentaba, insolentemente inerte. Mis escritos, mis escritos. Volvió a reiniciar. Nada me hunde ya, nada me ahoga, mis escritos. Nada puede conmigo. Presionaba el botón. Mis escritos, no, no sin mis escritos. Tengo que volver, voy a volver. No sin mis escritos. Nadie me hundirá, no puedes conmigo. Mis escritos. Yo reinicio y no hay resultado. Quiero mis escritos. Sigo apretando aunque me apedreen. No sin mis escritos. Soy… soy un poeta. Soy un poeta. En la inutilidad de mi existencia soy un poeta.