dimecres, 31 de juliol de 2013

Amour de vivre

En Palma, por la noche, la vida es un reflujo lento hacia el barrio de los cafés cantantes que hay detrás del mercado; calles oscuras y silenciosas hasta el momento en que se llega ante las puertas de persiana por donde se filtran la luz y la música. Pasé una vez casi una noche entera en uno de esos cafés. Era una sala muy baja de techo, rectangular, pintada de verde, adornada con guirnaldas de co­lor de rosa. El techo de madera estaba cuajado de minúsculas bombillas rojas. En aquel espacio tan pequeño conseguían encajarse de milagro una or­questa, una barra con botellas de todos los colores y el público, amontonado, hombro con hombro. Sólo hombres. En el centro, dos metros cuadrados libres de donde surgían vasos y botellas que envia­ba el camarero a las cuatro esquinas de la habita­ción. No había aquí ni una persona consciente. Todo el mundo vociferaba. Alguien que parecía un oficial de marina me eructaba a la cara finezas re­pletas de alcohol. En mi mesa, un enano sin edad me contaba su vida. Pero yo estaba demasiado ten­so para atenderle. La orquesta tocaba sin parar me­lodías de las que sólo se captaba el ritmo porque todos los pies llevaban el compás. A veces se abría la puerta. Con gritos vociferantes, empotraban al recién llegado entre dos sillas*.

 De pronto sonaron unos platillos y una mujer entró de un salto brusco en el exiguo redondel del centro del cabaret. «Veintiún años», me dijo el ofi­cial. Me quedé estupefacto. Un rostro de muchacha, pero esculpido en una montaña de carne. Aquella mujer podía medir un metro ochenta. Era gigantes­ca y debía de pesar alrededor de trescientas libras. En jarras, vestida con una malla amarilla en cuyos orificios se abultaba un damero de carne blanca, sonreía; y ambas comisuras de la boca enviaban ha­cia la oreja unas cuantas ondulaciones menudas de carne. En la sala, el enardecimiento no tenía ya lí­mites. Se notaba que a aquella muchacha la cono­cían, la querían, la esperaban. Seguía sonriendo. Pa­seó la vista por el público y sin dejar ni el silencio ni la sonrisa, onduló el vientre proyectándolo hacia delante. La sala vociferó y exigió luego una canción que parecía conocida. Era una copla andaluza, gan­gosa, cuyo ritmo marcaba sordamente la batería cada tres compases. La mujer cantaba y, en cada re­tumbar, representaba con todo el cuerpo la mímica de los gestos del amor. Con aquel vaivén monóto­no y apasionado, le nacían de las caderas auténticas oleadas de carne que iban a morirle en los hom­bros. La sala estaba como anonadada. Pero, al llegar al estribillo, la muchacha, girando sobre sí misma, cogiéndose los pechos con las manos y abriendo una boca roja y húmeda, repitió la melodía a coro con la sala hasta que todo el mundo estuvo de pie entre una algarabía.

Ella, plantada en el centro, pegajosa de sudor, des­greñada, erguía su estatura sólida, henchida dentro de la malla amarilla. Como una diosa inmunda que saliera del agua, de frente obtusa y estrecha, con la mirada hueca, sólo daba señales de vida por un leve respingo de la rodilla como los de los caballos des­pués de una carrera. En medio de la algazara brinca­dora que la rodeaba, era como la imagen innoble y exaltadora de la vida, con aquella desesperación en los ojos vacíos y aquel sudor denso en el vientre...

Sin los cafés y los periódicos, resultaría difícil via­jar. Una hoja de papel impresa en nuestra lengua, un lugar en donde, por las noches, intentamos codear­nos con otros hombres, nos permiten, mediante ademanes familiares, representar con la mímica al hombre que éramos en nuestra tierra y que, visto a distancia, nos parece tan ajeno. Pues lo que le da precio al viaje es el miedo. Destruye en nuestro fue­ro interno algo así como un decorado interior. Ya no podemos hacer trampa, ocultarnos tras horas de ofi­cina y de tajo (esas horas de las que tanto protestamos y que con tanto tino nos defienden del sufrimiento de estar solos). Y, por ello, siempre siento el deseo de es­cribir novelas en que mis protagonistas digan: «¿Qué sería de mí sin las horas que paso en la oficina?», o también: «Mi mujer se ha muerto, pero afortunada­mente hay un montón de envíos que debo tener listos para mañana». El viaje nos priva de ese refugio. Lejos de los nuestros, de nuestra lengua, arrebatados de cuanto nos sirve de apoyo, despojados de nuestras máscaras (no sabemos cuánto cuesta el tranvía y con todo lo demás pasa lo mismo), nos hallamos por completo en la superficie de nuestras personas. Pero también, al notarnos el alma enferma, devolvemos a todos los seres, a todos los objetos, su valor milagro­so. Una mujer que baila sin fijarse en lo que hace; una botella en una mesa, divisada tras un visillo; toda imagen se convierte en un símbolo. Nos da la impresión de que la vida se refleja entera en ella, en la medida de que, en ese momento, en ella se resume nuestra vida. Sensibles a todos los dones, ¿cómo re­ferir las contradictorias embriagueces que podemos gustar (incluyendo la de lucidez)? Y es posible que nunca comarca alguna, a no ser el Mediterráneo, me haya conducido a un tiempo tan lejos y tan cerca de mí mismo.

De aquí procedía, sin duda, mi emoción en el café de Palma. Pero al mediodía, por el contrario, en el barrio desierto de la catedral, entre los pala­cios viejos de patios frescos, por las calles que hue­len a sombra, lo que me llamaba la atención era la idea de cierta «lentitud». En los miradores, mujeres ancianas estáticas. Y, caminando a lo largo de las ca­sas, deteniéndome en los patios llenos de plantas y de pilares redondos y grises, me disolvía en aquel olor de silencio, me quedaba sin mis perfiles, no era ya sino el sonido de mis pasos, o esa bandada de aves, cuya sombra divisaba en la parte de arriba de las paredes en donde aún daba el sol. Pasaba también largas horas en el exiguo claustro gótico de San Francisco. La delicada y exquisita columna­ta relucía con ese hermoso amarillo dorado que tie­nen en España los monumentos viejos. En el cen­tro, adelfas, turbintos, un pozo de hierro forjado del que colgaba un largo cucharón de metal oxida­do donde bebían los transeúntes. A veces recuerdo aún el ruido límpido que hacía al chocar contra la piedra del pozo. Y,  no obstante, lo que me enseñaba aquel claustro no era la dulzura de vivir. En los gol­peteos secos de las alas de sus bandadas de palomas, en el silencio súbitamente acurrucado en el medio del jardín, en el chirrido aislado de la cadena de su pozo, recobraba yo un sabor nuevo y, sin embargo, familiar. Me sentía lúcido y sonriente ante ese juego único de las apariencias. Me parecía que un ade­mán habría rajado aquel cristal en el que sonreía el rostro del mundo. Algo se desbarataría, el vuelo de las palomas moriría y todas ellas caerían despacio sobre sus alas desplegadas. Sólo mi silencio y mi inmovilidad tornaban plausible aquello que tanto se parecía a una ilusión. Yo entraba en el juego. Sin dejarme engañar, me prestaba a las apariencias. Un hermoso sol dorado templaba despacio las piedras amarillas del claustro. Una mujer sacaba agua del pozo. Dentro de una hora, un minuto, un segundo, ahora mismo quizá, todo podía derrumbarse. Y, sin embargo, el milagro seguía. El mundo duraba, pú­dico, irónico y discreto (igual que algunas formas dulces y contenidas de la amistad de las mujeres). Seguía habiendo un equilibro, aunque teñido de toda la aprensión de su propio final.

Allí se hallaba todo mi amor por la vida: una pa­sión silenciosa por aquello que quizá se me iba a escapar, una amargura bajo una llama. Todos los días me iba de aquel claustro como arrebatado de mí mismo, contenido por un breve instante en la duración del mundo. Y sé muy bien por qué me acordaba entonces de los ojos sin mirada de los Apolos dóricos o de los personajes ardientes e in­mutables de Giotto**. Porque entonces entendía de verdad lo que podían aportarme países así. Siento admiración por el hecho de que puedan hallarse a orillas del Mediterráneo certidumbres y normas de vida, por que podamos encontrar en ese lugar satis­facción para nuestra razón de ser y justificación para un optimismo y un sentido social. Pues se da el caso de que lo que a la sazón me impresionaba no era un mundo hecho a la medida del hombre, sino que se cerraba en torno al hombre. No, si la lengua de esos países armonizaba con lo que me retumba­ba en lo más hondo no era porque respondiera a mis preguntas, sino porque las volvía inútiles. No eran acciones de gracias lo que podían subirme a los labios, sino esa Nada1 que no pudo nacer sino ante paisajes agobiados de sol. No existe amor por la vida sin desesperación por la vida.

En Ibiza iba todos los días a sentarme en los cafés que hay a lo largo del puerto. A eso de las cinco, los jóvenes de la localidad pasean, en dos hileras, arriba y abajo del muelle. Allí se hacen las bodas, y la vida toda. Es imposible no pensar que hay cierta gran­deza en el hecho de empezar así la vida, delante de todo el mundo. Me sentaba, aturdido aún del sol del día, rebosante de iglesias blancas y de paredes gredosas, de campos secos y de olivos hirsutos. Be­bía horchata dulzona. Miraba la curva de las coli­nas que tenía enfrente. Bajaban suavemente hacia el mar. El atardecer se volvía verde. En la colina más alta, la última brisa hacía girar las alas de un molino. Y, por un milagro natural, todo el mundo bajaba el tono de voz. De forma tal que no había ya sino cielo y palabras cantarinas que se alzaban ha­cia él, pero se oían como si llegasen desde muy le­jos. En aquel breve instante de crepúsculo impera­ba un algo fugaz y melancólico que no sólo notaba un hombre, sino un pueblo entero. En lo que a mí se refería, sentía ganas de amar de la misma forma que se sienten ganas de llorar. Me parecía que todas y cada una de mis horas de sueño iban a ser, a partir de entonces, horas robadas a la vida... es decir, al tiempo del deseo sin objeto. De la misma forma que en aquellas horas vibrantes del cabaret de Pal­ma y del claustro de San Francisco, estaba quieto y tenso, sin fuerzas ante aquel gigantesco impulso que quería colocarme el mundo en las manos.

Sé perfectamente que estoy equivocado y que hay que ponerse límites. Y tal es la condición para crear. Pero no hay límites para amar; y qué más puede darme apretar poco, siempre y cuando pueda abra­zarlo todo. Hay mujeres en Génova cuya sonrisa amé durante toda una mañana. No volveré a verlas y no cabe duda de que no hay nada más sencillo. Pero las palabras no podrán ahogar la llama de mi añoranza. El pocito del claustro de San Francisco: miraba pasar por él bandadas de palomas y se me olvidaba la sed. Pero siempre llegaba el momento en que la sed me volvía.

* Existe cierta forma de estar a gusto en la alegría que define la auténtica civilización. Y el pueblo español es uno de los pocos civi­lizados de Europa.
** Con la sonrisa y con la mirada empezó la decadencia de la es­cultura griega y la dispersión del arte italiano. Como si la belleza acabara donde empieza la inteligencia.

1 En español en el original [N. de la T.]


CAMUS, Albert. 1937. El revés y el derecho.

diumenge, 28 de juliol de 2013

Torpezas de la especie

La miró cauto y analítico como le era común. Se fijó en el pliegue exagerado de sus labios y le robó un silencio dispuesto a contraatacar. Sabía que esa contención derivaba del paroxismo titular de sus dotes artísticas, malograrlo con un beso absurdo era como firmar con su propio nombre. Sí, el de ella, el de ella que reclamaba el abastecimiento de un tropel de condenados a sus pies, el nombre de otras caras, el sexo de otras mujeres, la noche más a solas, el tiempo el tiempo el tiempo perdido tratando de justificar la absurdidad de ese beso ilimitado que ella le plantó y que perduraba tamizando hasta sus remilgos por no querer darle un beso ahora porque su historia estaba tan agotada como su paciencia por contenerse y entonces supo que por ello su boca se adelantaba y sus labios se apuraban y reconoció ese lugar como el que le había mantenido ausentado de la vida durante años, y acababa de darse cuenta en ese preciso momento en el que de nuevo nada nunca era seguro, sin ninguna certeza más allá de amarla y amarla hasta un final que debía ser el de la conciencia que se nublaba por el ardor de su cuerpo y esas charlas tan a cal y canto pues te quiero sin más.

dissabte, 13 de juliol de 2013

Tu est là, mon amour, et je n'ai lieu qu'en toi

Estás ahí, amor mío, y lugar sólo tengo en ti.
Elevaré hacia ti la fuente de mi ser, y te abriré mi noche de mujer,
más clara que tu noche de hombre:
y la grandeza en mí de amar te enseñará tal vez la gracia de ser amado.
¡Licencia entonces a los juegos del cuerpo! ¡Ofrenda, ofrenda, y favor de ser!
La noche te abre una mujer: su cuerpo, sus puertos, su ribera;
y su noche prístina en que yace toda memoria.
¡Amor haga de ella su guarida!


Saint-John Perse. Amers (1957).

dilluns, 8 de juliol de 2013

Sin pudor ni censura

Poca gente es capaz de arriesgarse a perderlo todo por ser fiel a lo que subyace, porque cuesta aceptar que no hay nada que perder y al fin y al cabo sólo pocos sienten la inutilidad de conformarse, pocos ni mejores ni peores, pero de los incomprendidos que mejor comprenden.

dissabte, 6 de juliol de 2013