diumenge, 28 de juliol de 2013

Torpezas de la especie

La miró cauto y analítico como le era común. Se fijó en el pliegue exagerado de sus labios y le robó un silencio dispuesto a contraatacar. Sabía que esa contención derivaba del paroxismo titular de sus dotes artísticas, malograrlo con un beso absurdo era como firmar con su propio nombre. Sí, el de ella, el de ella que reclamaba el abastecimiento de un tropel de condenados a sus pies, el nombre de otras caras, el sexo de otras mujeres, la noche más a solas, el tiempo el tiempo el tiempo perdido tratando de justificar la absurdidad de ese beso ilimitado que ella le plantó y que perduraba tamizando hasta sus remilgos por no querer darle un beso ahora porque su historia estaba tan agotada como su paciencia por contenerse y entonces supo que por ello su boca se adelantaba y sus labios se apuraban y reconoció ese lugar como el que le había mantenido ausentado de la vida durante años, y acababa de darse cuenta en ese preciso momento en el que de nuevo nada nunca era seguro, sin ninguna certeza más allá de amarla y amarla hasta un final que debía ser el de la conciencia que se nublaba por el ardor de su cuerpo y esas charlas tan a cal y canto pues te quiero sin más.