diumenge, 11 d’agost de 2013

Armisticio

Habría que reconocer ciertas banalidades que superpusimos alrededor de las cuentas que nos íbamos haciendo, el parapeto de la fidelidad, entendida extrínsecamente como el asedio de nuestras libertades, intrínsecamente, como el férreo haz de luz que nos acaramelaba en la insatisfacción de sabernos hechos precisamente en ese ciclo exasperante, contradictorio y crepuscular de amarnos sin rechistar, porque lo más dulce era no oponer ningún tipo de resistencia más que para enderezar la pierna como quien iza una bandera y al costadito; convenía acatar las órdenes de una inercia tiránica, exenta de orgullo expiatorio, razón o bondad; consistía en admitir que estábamos extenuados de guerrear inútilmente con el fin de delimitar nuestro territorio, exiliar el perdón, pero ciertamente lo más sensato fue deponer las armas, renegar aún un poquito pero a bocanadas, pero muy poquito, con tal de no herirnos más cualquier renuncia era asequible, que a veces la victoria está sobrevalorada o bien se tergiversan los conceptos, que no cabe hablar más de lo necesario, importa poco mientras. ¿Sale a cuenta perder tanto en virtud de la conciliación?, ¿o la justificación del pecado nos alienta a pregonar indebidamente sobre la esperanza? Sí, más bien me importa un carajo.