diumenge, 6 d’octubre de 2013

Canto mudo de vivir

Cualquier día en que decidas
abrir la ventana de mi habitación,
cuando sea la hora digna
en que te concedas escuchar,
oirás la melodía de un perro de vecindad.
Su canto a la muerte se confunde
con el silbato de la negra amazona
y su cieno
 y su propósito.

En un zulo y atado,
beligerante,
desoye a sus dueños encorvados.
Al contrario que ellos y nosotros,
su universo emparedado
atisba vagas lunas.

El otro día en la sala de espera,
venas ancladas y aguijones que no cesan,
hablábamos mi abuela y yo
compartiendo sueños-Tánatos.
Ella me dijo que no veía el por qué
de mi anacronismo.
Entonces comprendí
que mi arraigo a la vida
siempre fue mayor
 que la vana palabrería
de morir.
Morir: desamor, desengaño, decepción, traición.
Yo siempre combatía
sin saber por qué,
a no ser que,
claro que sabía.
Lo que brota y trepa es invisible
a radiografías o contadas palabras.

Volvía el silbido más intensamente,
y resulta que no era la muerte:
era el afilador de cuchillos.