dissabte, 16 de novembre de 2013

La rueda de la rutina

No podemos negar la sombra
que se cierne sobre esta tierra
insólitamente traslúcida,
mas las horas de bronce marcan
el ritmo como un estertor picoteado
y el titán abandona su puesto
y el peso del mundo recae sobre un pie.
La multitud fúnebre estalla  
 expectante y agónica, libre de pecado.
El viandante tullido bajo su beneplácito
a latigazos de mutismo, debe continuar.
No se rendirán homenajes, ni se loarán
honores délficos.
Se extremará la lucha y el acertijo
de cómo llegar a fin de mes se cerrará
como una concha de cotidianidad hermética.
El fin no distinguirá el peregrinaje,
mientras se descienda y nadie preste
demasiada atención a los nombres
de esos muertos antibióticos.
Una jaula, dentro una noria
y sus cangilones repletos de calaveras
sonrientes que nunca fueron,
confunden lo lúdico con perecer.
El temor de no amar no era el olvido,
era pisar como el resto,
caer como sólo yo,
seguir con la mediocre historia
de la humanidad entregada
a sus funestas festividades.