divendres, 22 de novembre de 2013

Torpe final

Qué hemos vivido,
bien sabes que no es un juego.
Bajo la manga, ¿ves?, no tengo nada.
No queda nada, ¿ves?
El mundo se desata enfurecido.
Nuestra historia fue terca,
pero nunca límpida.
Yo creí, como tú,
que nos atrincheraríamos juntos,
nos arraigaríamos bajo
nuestro cielo apocalíptico,
nos ahogaríamos en la bilis,
nos amaríamos en el cieno,
acabaríamos disecados
compartiendo extremidades
y ahuyentando a los pájaros.
Ahora sí que hay  fin
mayor que aquel que nos sepultaría
en un nicho de amor exaltado.
No es más que la inconclusión
de nuestra vida juntos,
la frustración del ideal empotrándose
contra la insultante llaneza doméstica
con la que quisiste reeducarme.
Discúlpame,
no supe apreciar el cuadrilátero.
Quién nos iba a decir
que no me quedarían cartas,
 ni argumentos,
ni motivos,
precisamente a mí
que siempre traté de dar forma
al desengaño.
Nuestra alianza allá queda
en las historias que conté,
en un recuerdo tramposo,
en una mancha de humedad;
pero la corporeidad que se impone
es un rostro de nadie,
un soplo de sombra,
testimonios vagos
de un imperio tiránico:
así fue.

Tal vez sigas y te engañes,
sabrás que no podrás olvidarlo
y tratarás de embargar tus sueños.
Yo, por mi parte, no sabré muy bien
cómo entregarte al recuerdo,
ni sabré cuál fue la gloria de su tragedia.
Aquellos dos extraños sólo resisten
en versículos que como su amor
también se interrumpen
 sin conclusión que satisfaga a su historia,
aquélla que tal vez sólo imaginé.